ALGUNOS HOMBRES BUENOS (UNOS CUANTOS)…

afgm

Haberlos los hay.

– ¡Protesto!

– ¡Incluso, protesto enérgicamente! Porque, sí, debe de haber algunos hombres buenos… pero en algún recóndito lugar inaccesible. Quiero decir, claro, algunos seres humanos, entiéndaseme bien, que en la expresión incluyo a varones y mujeres (no vayamos a liarla)

No sé si esa es la intención encerrada en el título de la película de 1992 dirigida por Rob Reiner para Columbia Tristar Pictures y que en su expresión original es A Few Good Men.

Sin duda, se trata de una de las películas que más veces he visto, que más me ha enganchado. La vi por vez primera poco después de su estreno en España, en una sala de barrio. Después, el formato VHS, el DVD; en su versión doblada, en su versión original en inglés e incluso en versión doblada al francés, han pasado ante mis ojos en decenas de ocasiones.

***

El film, basado en la obra teatral de Aaron Sorkin del mismo título, no logró ninguno de los cuatro Premios Óscar para los que fue nominada, si bien obtuvo varios premios, sobre todo en la persona de Jack Nicholson como mejor actor de reparto.

Es una de esas tramas judiciales tan bien articuladas por la fábrica hollywoodiense.

La Compañía del Cuerpo de Marines (U.S. Marine) en la Base de Guantánamo, en Cuba, es el escenario de la muerte del Soldado William T. Santiago como consecuencia de la aplicación de una medida disciplinaria no normativa, el llamado “código rojo“. Una dolencia coronaria, que hacía de su dura instrucción un calvario, fue la causa indirecta de su muerte, al justificar una acidosis láctica provocada por la tensión y falta de oxigenación en el momento de ser disciplinado por sus compañeros, el Cabo Interino Harold W. Dawson y el Soldado Louden Downey, que son acusados de asesinato.

El sistema judicial militar norteamericano se pone en marcha. La defensa de los marines acusados es encomendada a un joven Alférez de Navio (Teniente) de la US Navy, Daniel Kaffee (Tom Cruise), un abogado del JAG (Judge Advocate General’s Corps con un contrato temporal (lo que en España sería Militar de Complemento) sin experiencia en litigios, pero con habilidad para acuerdos previos entre las partes. Su elección esconde la pretensión de enterrar pronto el asunto dadas las implicaciones de la cadena de mando del Cuartel de Marines en la Base de Guantánamo (“Gitmo“)

Kaffee, tentado por su habitual habilidad negociadora, se ve sometido a una triple presión. Por una parte, la de su amigo y compañero, el Alférez de Navío San Weinberg, convencido de la culpabilidad de sus defendidos independientemente de las circunstancias, y favorable a pactar una sentencia. Por otra parte, la de la Capitán de Corbeta Joanne Galloway (Demi Moore), pasional defensora de la inocencia de los dos marines. Y, finalmente, sus propios fantasmas: su fallecido padre, litigante y teórico del derecho; su escasa pasión por la parafernalia militar, encajado en ella sólo por una temporal necesidad; y su intrínseca profesionalidad.

Kaffee desentraña los hechos. Santiago era un marine con problemas de adaptación, enfermo, que había intentado sin fruto ser trasladado de la Base, ofreciendo incluso a cambio información sobre un incidente con disparos también “tapado” por la cadena de mando. El riesgo de que el hecho se conociera conduce al Coronel Nathan R. Jessup (Jack Nicholson) a ordenar que le sea aplicado un correctivo físico aleccionador. La orden es transmitida por el Teniente Coronel Markinson al Teniente Jonathan Kendrick (Kiefer Sutherland). Éste, un fanático, reúne a su Sección (en la película “Pelotón”, mala traducción de “Platoon“) y ordena que nadie toque a Santiago; pero llama aparte a Dawson, ordenándole la aplicación de un “código rojo”.

Pero Kaffee carece de pruebas. La cadena de mando implicada ha borrado sistemáticamente las mismas, dejando que el peso caiga sobre Dawson y Downey. Para el encargado de la acusación, el Capitán Jack Ross (Kevin Bacon), todo parece sencillo. Ni siquiera la citación del Teniente Coronel Marckinson, aparentemente decidido a confesar, parece enturbiar su triunfo, más cuando éste se suicida, enfundado en su uniforme de gala. La única salida es forzar la confesión del máximo responsable, el Coronel Jessup.

En el momento culminante del “trial“, de la vista pública, se produce el enfrentamiento dialéctico entre el novel litigador y el avezado y orgulloso Coronel, a la vez que el duelo entre dos actores en momentos álgidos de su carrera. Daniel consigue presionar a Jessup, encender su ánimo, despertar el espíritu militar intransigente de un soldado convencido de que el fin de la defensa sin paliativos de sus principios justifica los medios empleados para hacerlo y finalmente fuerza la confesión:

Coronel Jessup, ¿Ordenó usted el código rojo?

– Responderé a la pregunta. ¿Quieres respuestas?

– Creo que tengo derecho a ellas

– ¿Quieres respuestas?

– ¡Quiero la verdad!

– ¡Tú no puedes encajar la verdad! Vivimos en un Mundo que tiene muros. Y esos muros han de estar vigilados por hombres armados. ¿Quién va a hacerlo. ¿Tú?. ¿Usted, Teniente Weinberg? Yo tengo una responsabilidad mayor de la que tú puedas calibrar jamás. Tú lloras por Santiago y maldices a los marines. Tienes ese lujo, Tienes el lujo de no saber lo que yo sé: que la muerte de Santiago, aunque trágica, seguramente salvó vidas; y que mi existencia, aunque grotesca e incomprensible para ti, salva vidas. Tú no quieres la verdad, porque en zonas de tu interior de las que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro. Nosotros usamos palabras como “honor”, “código”, “lealtad”… las usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo; tú las usas como hogar. Y no tengo ni el tiempo ni las más mínimas ganas de explicarme ante un hombre que se levanta y se acuesta bajo la manta de la libertad que yo le proporciono y después cuestiona el modo en que la proporciono. Preferiría que sólo dijeras gracias y siguieras tu camino. De lo contrario, te sugiero que cojas un arma y defiendas un puesto. De todos modos, ¡me importa un carajo a qué creas tú que tienes derecho!

– ¿Ordenó el código rojo?

– Hice el trabajo que me encargasteis.

– ¿¡Ordenó el código rojo!?

– ¡¡¡ Por supuesto que lo hice, joder !!!

… y el peso de la ley cayó sobre el Coronel. Él hizo lo que creía debía hacer, por más que las leyes, ordenanzas, instrucciones, nada dijeran de la aplicación de un escarmiento ejemplar. Y Dawson y Downey no hicieron más que cumplir órdenes, convencidos de que era “lo que había que hacer”. La muerte fue accidental, pero el procedimiento de instrucción era intrínsecamente contrario a la ley, a la justicia, al compañerismo y a los principios que Dawson enuncia como los inspiradores de su forma de vida: “Unidad, Cuerpo, Dios, Patria” (conceptos que, por otra parte, dan mucho de sí para reflexionar)

El fin no justifica los medios y, como asevera Kaffee, “el honor no es sólo una pegatina en el brazo“.

***

El film carece del despliegue de medios de las grandes y grandilocuentes producciones; pero cuenta con un extraordinario reparto, artífice de unas excelentes interpretaciones. La atmósfera del momento culminante del juicio, con su creciente tensión, envuelve al espectador y lo arrastra por el tobogán dialéctico que conduce al desenlace.

Jack Nicholson, como siempre, borda al detalle su personaje. Demi Moore, lejos de la contundente figura de la Teniente O’Neil, y más cerca de la suave y dulce Molly Jensen de Ghost, teje una brillante interpretación. Y Tom Cruise, todavía entonces más actor y menos doctrinario, encabeza ese extraordinario reparto en el que destacan también las interpretaciones de Kevin Bacon, Kiefer Sutherland y Kevin Pollak.

El himno de los Marines sirve de marco para los “main tittles” y los “end tittles“, los primeros, adornados también con una exhibición de coordinación de movimientos con fusil realmente lograda.

 

***

Sin duda, el conjunto de escenas del juicio, sobre todo de la última jornada de la vista, son la clave argumental y de interpretación. Tanto, que verlas una y otra vez no merma la tensión dramática.

… eso, sin duda, debió llamar la atención de Pedro Jesús Fernández cuando unos seis años después del estreno de “A few good menescribió su novela Peón de Rey, ambientada en la España medieval y en cuyo Capítulo XII se relata el juicio al que es sometido Rodrigo García como presunto asesino de Diego Pérez, amigo del Rey. Los paralelismos entre este juicio y el que se desarrolla en el film de Reiner exceden lo meramente anecdótico. Las circunstancias del asesinato son distintas, la definición de los personajes en general diferente; pero el desarrollo de la trama y, lo que es peor, frases literales de las intervenciones, son exactamente iguales. Raoul Hinault, con su ayudante Nuño, juegan el papel de Kaffe y Weinberg, y Garci Fernández es el Coronel Jessup trasladado de coordenadas espaciales y temporales. En el momento culminante, también Raoul, como Kaffee, “ordena” a Garci Fernández volver a su asiento para seguir interrogándole; y acto seguido se reproduce un diálogo casi idéntico:

– ¿Quieres respuestas?

– Creo que tengo derecho a ellas

. ¿Quieres respuestas?

– Quiero la verdad

(…)

– Contesta Garci, ¿estabas con Diego cuando éste suplantó al adivino judío?

– Hice lo que tenía que hacer.

– ¿Estabas con Diego?

(…)

– Por supuesto que estaba, ¿y qué?

Estas y otras coincidencias entre el Capítulo XII de Peón de Rey y el juicio de Algunos hombres buenos no son citadas en críticas ni, que sepa, han dado lugar a ninguna acción legal por plagio. Sólo he podido localizar una alusión a esta “coincidencia” argumental y de diálogos en una entrada publicada el 28 de septiembre de 2008 en el blog titulado “Déjame que te cuente” y firmado por “Alecto”.

***

– Voy a poner fin a esto

– Concédame un pequeño margen

– Un margen muy pequeño

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