VESTIDO DE MAR

Por seguir su consejo subí al otero, con el afán de mirar hacia el futuro.

Como siempre hasta ahora, no sé si por mi consustancial ineptitud o porque realmente es imposible, no alcancé a ver rasgo alguno de lo que esté por venir.

Alucinado, miré a mis pies y vi cómo el espacio-tiempo fluía de la nada del futuro a un todo de pasado repleto de detalles de presentes que dejaron de serlo, alimentados de futuros invisibles, tan pronto como adquirieron consistencia.

Contemplé el pasado inmediato, tamizado por los vibrantes sueños que llenaron los tránsitos de jornadas con matices ya olvidados a las jornadas de la agenda y el reloj, y un escalofrío recorrió mi cordura: me asaltó la duda de si el calor sentido en el roce de un cabello al acercar la armonía de un mensaje, no sería la respuesta a recientes preguntas sobre ¿qué hago yo ahora?

Y me quedó el sinsabor de no haber lanzado al lado del futuro algo de esos elementos marchitos, por ver si bajo mis pies se convertía en pasado caramelizado o en cantos de cisne.

Bajé del otero y seguí caminando, ya sin ver el fluir del espacio-tiempo en mis pies. Volví a las veredas habituales, cumpliendo deberes adorados y cruzándome con las líneas vitales habituales y miles de otras nuevas, tan fugaces como siempre; con las manos y los labios repletos, pero serenos. Mas no pude dejar de escuchar en mi cerebro una canción… y me sentí vestido de mar.

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