ANTROPÍA

Demasiada luz.

No consigo enfocar los objetos. ¿Qué digo?, ni siquiera sé si hay objetos que enfocar.

No sé dónde estoy.

Demasiada luz.

¿O demasiada nada?

¿Es la nada todo luz o la luz es ya demasiado todo?

Cerraré los ojos para no ver…

No, no sé si los he cerrado. Al menos he ordenado a mis párpados cubrirlos con su velo. Pero sigo “viendo” la misma luz.

Quiero hablar, pero ni mis pulmones, ni mi tráquea, ni mis cuerdas vocales responden a mis órdenes.

Tal vez esté soñando.

Alto. Sí, soy yo. Soy el que siempre he creído ser. ¿Soy?

A ver. Yo estaba en el metro. Sí. Estaba sentado mirando sin mirar a la gente que transitaba conmigo. Sí, me fijé en unas chicas que iban de fiesta, tal vez, seguro, a una despedida de soltera: unas con gorra de policía y pistola de plástico al cinto y otra con traje a rayas horizontales negras y blancas, gorro a juego y esposas colgando de una muñeca. Polis y cacos. Pero sin correr.

((( ¡¡¡Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén!!! )))

Sí, miraba al finito, digo al infinito, y a la gente, esos acompañantes ¿innecesarios? que tiñen de mediocridad la ¿realidad?

Espera. ¿Fue entonces cuando sentí como si mi cerebro nadara en el interior de la pecera de mi cráneo? ¿Fue entonces cuando empecé a caer por el tobogán de la conciencia?

No. Recuerdo que después del aviso acústico de la parada bajé del tren… pero no, no recuerdo haber salido al exterior. No, entraba en el mesón, me sentaba en la mesa de siempre: cecina, queso, morcilla y generosos tubos de cerveza. El bullicio habitual y la dificultad para seguir el hilo de todas las conversaciones circundantes (cómo no, demasiada gente, demasiado adorno despreciable hablando de intrascendentes bobadas) Yo intentaba integrarme en las charlas inmediatas, en la gente que compartía mi entorno. Veía sus caras y oía sus reflexiones cargadas de estereotipos, articuladas con frases hechas pronunciadas sólo a medias. Peor era lo de al lado, dos señoras estaban despellejando viva a una “amiga” a la que llamaban de todo, incluso “bonita”. De pronto, me entraron unas ganas tremendas de ir al servicio; de ir por irme, no porque tuviera necesidad de evacuar nada aunque todo estuviera haciéndome sentir unas crecientes arcadas mentales.

Sí, fue entonces cuando me levanté, mirando los escasos cien años en cuatro caras que tenía delante, y unos pasos más allá me encerré en el baño. Abrí el grifo del lavabo y mojé con profusión mi cara; eché mano de la toalla de papel, me incorporé y al retirarla contemplé mi rostro en el espejo y vi esa persona de la que no consigo deshacerme desde hace ya demasiado tiempo, esa persona en la que no confío, a la que casi siempre desprecio. ¿Qué hacía yo allí entre tanta gente vacía, hipócrita, ruin y encima mucho más joven que yo?… Seguir la estela de la estrella en la que se estrellaban los afanes de estallar… Pero esa estrella se estrellaba en estallidos extraños, estrambóticos y estrafalarios y danzaba la danza de la panza con maza… Volví a mirar a la superficie del espejo y vi las miles de salpicaduras dejadas por el paso de esa inmunda muestra de la perra especie a la que pertenezco. Sentí ganas de orinar y di gracias por poder soltar el contenido de mi vejiga sin tener que sentarme en la asquerosa superficie de la taza en la que las escurriduras de las esencias líquidas y sólidas dibujaban odas a la podedumbre de mis odiados congéneres, firmadas con esos odiados vellos púbicos que rubrican las obras maestras instiladas por esos necios acompañantes de navegación mundana.

Volví a la soledad en la muchedumbre. Ya no intentaba ninguna integración en conversación alguna; seguía el devenir banal, asintiendo vagamente cuando intuía en una mirada una pretensión de respuesta a alguna aseveración insufrible que no había logrado interpretar… y me refugiaba en la observación de las hileras de diminutas burbujas que mágicamente se formaban en el fondo de mi vaso y ascendían en el líquido dorado hasta la blanca superficie, pidiéndome que acortara el trayecto que tenían que recorrer… y lo seguían haciendo en cada uno de la media docena de tubos que calenté en mis manos… y yo, obediente, me empeñaba en acortar su trayecto.

Pero… después… sí… espera… recuerdo una mirada entre dos personas de las que una no era yo… una salida de una de las dos… una excusa de la otra… y un impulso mío por “tomar el aire”… y una luz… una luz iluminando un muro y construyendo su sombra… y en la sombra dos figuras hechas una… y las burbujas diciéndome “acorta nuestro trayecto”… y la estrella titilando en un cielo que no era mío… y un dolor seco en mis nudillos… y un dolor líquido en mi pómulo… y un ciego vaivén de mis brazos… y un repiqueteo de punzadas en mi vientre, en mi cara, en mi costado… y un rodar entrelazado con un cuerpo que no era el mío… y un cuello apretado por mis manos… y una baranda en el borde del precipicio hacia el río… y el cuchillo del frío del agua… y el inmenso sólido del fondo… y… y… y esta luz que no consigo apagar…

bur

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: