FANTASMAS DEL QUEVEDO

1960 Quevedo

Barrio de Chamberí.

48 años de pliegue del espacio-tiempo… 1966

Tranvías descendiendo ¡y subiendo! por la Calle de Bravo Murillo y rodeando la Glorieta de Quevedo; automóviles, pocos, desplazándose sin prisas sobre el pavés de la calzada. En el centro de la glorieta la figura orgullosa del prócer que da nombre a la plaza, instalado en ella sólo cinco años antes, tras su original estancia en la Glorieta de Alonso Martínez, mirando hacia la Calle de Eloy Gonzalo, en una de las varias posiciones que tendría en los años venideros.

Primera hora de la tarde. Mientras muchos duermen la siesta, tres figuras transitan por la acera de la glorieta, junto a los Almacenes Progreso. Una señora mayor, con indumentaria negra, lleva de la mano a dos niños: pantalones cortos y medias hasta la rodilla el mayor, vestido con falda corta la pequeña. Caminan sin prisa. Giran en la esquina de Bravo Murillo y pocos pasos más allá llegan a su destino. Un breve paseo de dos minutos para llegar al lugar donde ver sueños: el Cine Quevedo.

Los siempre curiosos ojos infantiles se preguntan cómo es posible que un edificio de viviendas como los demás de la calle guarde en sus bajos un mundo tan especial. Se preguntan si la señora cuyo rostro adivinan tras la taquilla será algo más que cabeza y brazos, si tendrá la corporeidad del resto de los mortales y si alguna vez saldrá de ese chiscón… y si lo hará por alguna puerta invisible o por el hueco por el que ella y la abuela intercambian monedas y entradas…

Segundo hito: un hombre con uniforme gris está apostado en la puerta acristalada, serio, flemático, adusto; se limita a extender la mano; la abuela le entrega las entradas que le acaba de dar la señora de la taquilla y él, sin inmutarse, rasga los tres papeles y se los devuelve. El mundo del día, de lo cotidiano, queda detrás. Al otro lado de la puerta todo es distinto: huele de un modo especial; llega el aroma de las palomitas de maíz, el perfume del ambientador, la luz del vestíbulo, la suavidad del mullido camino  rojo que desciende levemente hasta las puertas de la sala.

Siguiente hito: el acomodador espera en la puerta, dos hojas batientes, con ojo de buey, y tupidas cortinas rojo oscuro. Nueva entrega de las entradas. La sesión ya ha comenzado y la oscuridad de la sala orienta todo hacia la pantalla donde la habitual “cortinilla” acompaña a los acordes característicos del NO-DO. El acomodador, ilumina con una linterna el suelo a su espalda conduciendo a los tres nuevos pasajeros de la nave del tiempo y el espacio que es la sala; con el haz de luz de la linterna señala las tres butacas: madera y escay en respaldo y en asiento abatible… y, sin cinturón de seguridad, comienza la tarde de viaje…

banmoz

… Viaje a las inmensas llanuras del medio oeste americano en pionero siglo XIX; caravanas, rebaños de búfalos… y rebaños de caballos o vacas conducidos por cow-boys con sus lazos, sus chalecos, sus sombreros… y los indios son sus plumas, sus pinturas de guerra, sus arcos y flechas, sus tomahawks… El Paso… Kansas City… El Pecos…  La diligencia, el sheriff, el cuatrero de parche en el ojo, el Saloon, el corral (O.K.), el abrevadero… el poblado indio con sus tipis, el tótem, la pipa de la paz, los flecos, el Jefe (¡hao!)…

… Viaje a los campos de batalla de la II Guerra Mundial …Europa (Normandía, Las Ardenas, Stalingrado, Montecassino) …África (El Alamein) …el Pacífico (Pearl Harbor, Okinawa, Iwo Jima, Midway, Guadalcanal) … los carros de combate, el barro, el polvo, stukas, kamikazes, la crueldad de la guerra hecha juego de buenos y malos… los yanquis y los británicos siempre los buenos; los alemanes y los nipones siempre los malos…

… Viaje a la corte francesa en el siglo XVII, tres mosqueteros y un D’Artagnan y muchos pendencieros de sable fácil…

… Viaje a los tiempos de túnica, peplos y coraza …a la suntuosa corte imperial de Nerón y los Flavios, al sangriento Coliseo, el circo y sus cuadrigas …a la corte de Cleopatra con Julio César (¿¡Qué tal, Julio!?) y Marco Antonio …a los espacios y tiempos de Hércules, de Aquiles, de Ulises…

… Viaje a las solemnes historias bíblicas con mandamientos, voces tonantes, castigos apocalípticos y crucificados…

… Viaje al hoy de entonces, con chachas de “el-señori-to”, con monjas en Citroën, jetas sirviendo en la Cruz Roja, guardiamarinas, domingueros, y familias numerosísimas con padrino…

…  Y Sherwood, Camelot, Altdorf, Troya, Cartago… París, Londres, Berlín… Nueva York, San Francisco y Fort Apache…

El NO-DO y dos sueños con intermedio para un pis y un poco de agua; para que el empleado de turno esparciera con un aerosol el característico perfume que mataba el hedor a humanidad concentrado en la anterior hora y media; para, las menos de las ocasiones, porque el presupuesto sólo llegaba para las entradas, una chuchería de las más baratas…

***

El tiempo y los mercados asesinaron al Cine Quevedo.

***

2000 y varios. Desdoblado, des-plegado el espacio-tiempo, dos niñas, de similares edades a los soñadores del otro pliegue, corren “a las rampas”, a las esquinas inclinadas de mármol del espacio en el que estuvo aquella taquilla, a ambos lados de la puerta acristalada que sustituye a la que limitaba el mundo de sueños, donde ahora cultivan su cuerpo vigoréxicos que sueñan con ser Adonis o Afrodita a golpe de cinta continua, masajes, aparatos de musculación y esteroides. Tal vez alguno de ellos haya visto fugazmente a Hércules levantando unas pesas, para mantenerse; o al preguntar en la entrada por los precios se haya sorprendido al escuchar “de todos los gimnasios de todas las ciudades del mundo tuvo que elegir el mío” de un serio señor en blanco y negro; o se haya topado en los vestuarios con dos gladiadores combatiendo a muerte. Y quizás en la  pared del fondo les haya parecido ver dibujarse un “The End” mientras el empleado avisa de que el gimnasio va a cerrar.

***

Los cines de barrio, lugares del segundo turno, donde las películas pasaban tras unas semanas de proyección en los lujosos cines de estreno y donde a precios asequibles podían disfrutarse interminables programas dobles. Desaparecieron. Los Quevedo, Mundial, Apolo, Chueca, Barceló, El Españoleto, Lepanto… dejaron su espacio a edificios de oficinas, a viviendas o a centros comerciales de diverso pelaje. Por ellos, seguro, transitan los fantasmas de los sueños en celuloide, al modo como lo cantó el sublime narrador de todo para un caso similar de su Barcelona natal…

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