VENECIA

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La Riva degli Schiavoni recibió mis pasos, abandonado el muelle en el que el vaporetto me había llevado, surcando el Gran Canal. Había madrugado y el sol, a menos de un palmo del horizonte y casi plateado por el velo de una tibia neblina,  acariciaba mi espalda. Me detuve unos instantes entre las columnas de San Marcos y San Teodoro, mirando hacia la laguna que se dibujaba con un verde turquesa plateado aun sólo surcado por unas cuantas góndolas y con la aguja de San Giorgio Maggiore fantasmalmente silueteada por la bruma. Aspiré profundamente y me volví para conducir mis pasos hacia San Marcos. El Palazzo Ducale casi engullía con su rotunda fachada la vereda de la Piazzetta …y los tetrarcas no fueron capaces de saludarme…

Cumplí con el ritual de visitas. La Basílica y su Palla d’Oro, su Galería y sus dorados caballos; cada rincón, cada espacio, con la calma y la delectación de la ausencia de tiempo. El Palazzo Ducale y sus salones. El Museo Correr. El Campanile. La Biblioteca Marciana. El Museo de Arqueología.

El día se había consumido. En la mitad de la jornada, el breve refrigerio en Falciani había alterado un programa en el que el McDonnalds parecía demasiado prosaico y seguramente ya a mi edad poco recomendable para el equilibrio intestinal. El Sol, que había triunfado sobre la bruma a media mañana, sublimaba los dorados de la Basílica y empezaba a alargar las sombras sobre la plaza. Mi plan, el plan, me obligaba a buscar acomodo en una de las mesas de la terraza del Caffé Lavana. Busqué y hallé una mesa libre, en la parte más externa, y en la amarilla consistencia de una de las sillas reposé la ya cansada estructura de mi cuerpo. Los compases del Nocturno para Violín y Piano de Chopin surgían de entre los dedos de dos anónimos tañedores mientras il camarieri anotaba mi comanda… sus últimos acordes coincidieron con el aterrizaje sobre la mesa de mi capuccino.

Las palomas transitaban el suelo de la plaza, iban y venían de las cornisas al suelo, de las baldosas a las farolas. Los soportales de la plaza devoraban y vomitaban figuras que, ya cerrados museos y monumentos, redirigían sus caminos. El ruido de pasos, el murmullo de voces, el aleteo y el zureo de las palomas. desaparecieron en el preciso instante en el que junto con el primer sorbo aspiré el aroma de café y canela… sólo quedó el sonido del violín y el piano, ahora modelando al aire el segundo movimiento de la Sonata N°5 de Beethoven. Miraba hacia el interior de la plaza; oía la melodía; saboreaba los matices del caffé… y en ese momento vi cómo las palomas frente a mí comenzaban a apartarse paulatina y linealmente, como si un ser invisible se hubiera puesto en marcha hacia el centro de la plaza; unos niños que corrían detuvieron sus zancadas para evitar chocar con esa nada que avanzaba… y en el medio, cerca de la Basílica, frente al mástil central, un pequeño torbellino comenzó a girar levantando pequeños papeles y polvo… sólo un instante… y el torbellino paró, los papeles y el polvo cayeron al suelo, el último acorde de la sonata cesó y todas las voces, los zureos y aleteos volvieron a inundar mis sentidos… sobre la mesa, junto a la mía, reposaba una taza vacía…

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