VIENA

Musikverein2

No, no lo podía creer.

Desde niño había asistido boquiabierto a las retransmisiones televisivas del Concierto de Año Nuevo. Al principio con la mente abierta al caudal de sensaciones percibidas sin pararme a intentar memorizar los nombres de composiciones y compositores que la cálida voz del comentarista iba facilitando; su voz, cálida, sí, era entonces sólo una molesta interrupción entre melodías cautivadoras.

En alguna ocasión, el sueño, tras una prolongada velada de la Nochevieja me hizo llegar tarde a la cita o incluso no llegar; en tal caso sentía que había perdido todo un año, porque hasta el siguiente uno de enero no podría disfrutar del evento.

Pero ahora estaba en la mismísima Musikverein, en la mismísima Viena.

No, no lo podía creer. Ahí, frente a mí, a pocos metros, estaba Daniel Barenboim conduciendo con su maestría … y simpatía habituales, a la Wiener Philharmoniker.

Me sentía un ser privilegiado.

Mi cuenta corriente no se iba a resentir lo más mínimo por los desembolsos realizados para cumplir mi sueño. Al fin y al cabo desde hacía un par de años, tras el golpe de suerte de la Lotería y unas arriesgadas pero fructíferas inversiones, podía decir que salvo la Luna casi podía comprar cualquier cosa. Y así había sido en esta ocasión. No quería confiar en otro obsequio de la diosa Fortuna (que habría sido el segundo de toda mi vida) así es que decidí salirme de las normas sobre la adquisición de la localidad; no podía esperar al resultado de un sorteo entre los solicitantes, así es que moví los hilos necesarios a golpe de talonario y conseguí una de las mejores butacas a escasa distancia del escenario pero a la suficiente como para tener una perspectiva global del mismo.

Me había desplazado hasta Viena el día anterior, en vuelo regular, sí, pero naturalmente en un cómodo asiento en Business Class. Me trasladé hasta el Hotel de France en el lujoso automóvil con conductor que puso a mi disposición el servicio especial que había contratado para los días de estancia que tenía previstos. Después de una tranquila comida en el propio hotel había hecho un amplio recorrido por diversas zonas de la ciudad sin parada alguna; mi objetivo en esta ocasión no era otro que mi ansiada asistencia al Concierto de Año Nuevo y sólo quería llenar las horas de la última tarde del año. De vuelta al hotel, cené ligeramente y subí a mi suite. A la Nochevieja le hice únicamente la concesión de esperar despierto a que el reloj marcara el final del día, del mes y del año y el comienzo de una nueva tripleta de convencionales formas de medir el tiempo.

Desperté sin necesidad de sistemas distintos al reloj biológico y me preparé con calma para llegar sin prisas a la Musikverein y ocupar mi localidad tranquilamente, aunque no pude evitar el aleteo característico en el vientre por la inmediatez del cumplimiento del sueño; sensación que fue creciendo mientras la gente iba acomodándose y yo intentaba concentrarme en el folleto facilitado por el acomodador; en realidad nada que no supiera ya, incluido un programa ya anunciado y que había memorizado sin esfuerzo desde que me fue enviado por correo meses atrás. La tensión, la ansiedad, aumentó con la salida de los componentes de la Filarmónica y el pausado acomodo en sus posiciones y sólo desapareció en el momento en el que Daniel Barenboim comenzó a mover su batuta.

Mientras el programa se materializaba había pasado por fases en las que mi mirada había viajado en direcciones diversas y ajenas a la perspectiva directa de la orquesta y de los detalles que me ofrecía; era inevitable explorar las majestuosas lámparas, los tubos del órgano, las pinturas del techo… pero también era inevitable posar la mirada sobre los compañeros de sueño… Sabía que yo había hecho valer el corazón que mueve el mundo para conseguir mi localidad y me era del todo imposible creer que todos los allí presentes se habían sometido a la norma del sorteo. Porque 940 € no son nada para los miles de ricos que miran por encima del hombro a sus compañeros de especie, pero tampoco son demasiado para millones de ahorradores ilusionados… Ahí estaba una pareja cuyo origen oriental era difícil no adivinar; más allá un hombre cuya indumentaria no dejaba lugar a dudas sobre el origen fósil y carácter medioambiental peligroso de su fortuna; más acá una dispar pareja formada por un señor bastante entrado en años y una monumental mujer de no más de veinticinco… y, justo a mi lado, otra curiosa pareja. Estaban en sus asientos cuando yo llegué, eran de mediana edad, sólo se hablaban al oído por lo que me fue imposible concluir cuál era su origen, pero algo llamaba hacia ellos mi atención: ninguna de las veces que les dirigí mi mirada dejaron de tener su manos entrelazadas; la mano derecha de él y la izquierda de ella anudaban cada uno de sus dedos como si a través de ellos se estableciera una especie de conexión cósmica.

La sucesión de composiciones, mayoritariamente de los Strauss, se iba desgranando y mentalmente yo tachaba líneas en ese programa que sabía de memoria. Quedaban pocas piezas y se cernía la amenaza del final de mi sueño. Llegó la interpretación de uno de los compositores “invitados” y la Filarmónica comenzó el pizzicato del ballet Sylvia, de Léo Delibes.

Mi mente comenzó a viajar fuera de la sala del Musikverein. El desenfadado ritmo de la pieza traía al primer plano de mis elucubraciones imágenes diversas: la marejada de olores y sonidos del Nashmarkt; una salchicha aderezada sobre un bollo de pan, recién comprada en un puesto callejero; unos mimos y un anacrónico grupo vestido al uso de los aztecas, tocando y bailando en la Schwarzenbergstrasse; unos “ciegos cantores de Viena” cogidos de sus manos y sus bastones blancos, con impresionante voz cantando a capela en la Kartnerstrasse; una marea de aroma y sabor degustando una Sachertorten en la cafetería del Hotel Sacher, o un casi festivo Tafelspitz frente a la Stephansdom: …

Pero mis divagaciones fueron interrumpidas por el comienzo de la esperada Marcha Redetzky y me entregué como el resto de los presentes a la fusión con la orquesta mediante las palmas.

Sabía que no acababa ahí por más que el programa así lo dijera, sabía que quedaba un bis de sorpresa; pero desconocía cuál sería.

Don Daniel volvió entre una renovada salva de aplausos, llamó la atención de la orquesta con sus brazos abiertos y dio comienzo…

¡Era el vals Sangre vienesa!

Los primeros compases volvieron a lanzarme fuera del recinto. Ahora volaba sobre la ciudad, contemplando la colorida cubierta de la Stephansdom, el majestuoso discurrir de los distintos brazos del Danubio y descendía hasta sus orillas viendo sobre sus verdosas aguas un grupo de cisnes con su casi fantasmal desplazamiento… la noria del Prater parecía acompasar su giro al fluir de las notas y en rápida sucesión pasaban ante mí las fachadas de los imperiales edificios: el Palacio Hofburg, el Museo de Historia Natural, el Palacio de la Ópera, el Burgtheater, el Ayuntamiento, el Kunsthistorisches Museum… y saltaba hasta los verdes jardines y coloridas explanadas del Palacio de Schömbrunn, caminando de la Casa de las Palmeras a la Glorieta y a la Fuente de Neptuno; y transitaba salones y estancias del palacio…

De pronto, una mano enguantada llamó mi atención y volví de mi trance dimensional. La sala estaba ya casi vacía. Me levanté haciendo un leve gesto de agradecimiento al acomodador que me había devuelto a la realidad. Comencé a caminar hacia la salida, pero no pude evitar detenerme y volverme hacia el escenario para dejar en mi memoria una última imagen de aquel marco donde había cumplido mi sueño. Volví a recorrer visualmente las lámparas, las pinturas del techo, los tubos del órgano, el escenario, ahora con el bosque de atriles vacíos… y la sala de butacas, donde llamó mi atención la pareja que había estado sentada a mi lado… allí seguían, apoyada la cabeza de ella sobre el hombro de él y la cabeza de él sobre la de ella… y con sus manos firmemente entrelazadas.

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