ESPANYA

España

España es una realidad social y política desde época romana. Y lo es desde dentro y desde fuera. El concepto de entidad global quedaba claro en el concepto “hispano” en la época clásica y no se alteró en esencia tras la caída de las estructuras del Imperio Romano, ya fuera sobre la atomización primero y la unidad germana posterior; ya fuera sobre el mosaico de parcelas medievales. No es de recibo en cualquier caso establecer identidades línea a línea entre las situaciones socio-políticas, económicas y administrativas a lo largo de la historia; pero por muchas vueltas que se le quiera dar, España es algo con personalidad específica desde mucho antes que lo fueran la mayor parte de los estados europeos.

Pero la historia, es cierto, es una sucesión de situaciones, movidas por la estulticia de los que detentan el poder en cada momento, que conducen el devenir de los hechos por caminos que no necesariamente son los justos y razonables. Los egoísmos de los monarcas, sus políticas de alianzas familiares, sus afanes expansionistas, y luego las orientaciones de los no-reyes-gobernantes-como-tales, las negociaciones interesadas tras los conflictos bélicos, etc. han ido esculpiendo muchas veces contra la realidad de los pueblos, la realidad de los estados. Esto, por ejemplo, puede ser válido para historias como la de Polonia, como la de los polacos, que han pasado por periodos en los que su suelo, con el eje Varsovia-Cracovia y el Vístula como médula, se ha extendido a unos espacios o a otros, ha crecido, ha menguado o incluso se ha visto subsumido en realidades estatales en las que los polacos no eran independientes. O el caso de los actuales países de Europa central, algunos de los cuales nunca antes de finales del siglo XX conocieron lo que era independencia.

¿Es este el caso de España? Sí y no. España no es el fruto de la unión dinástica de las coronas de Castilla y Aragón y nada más; la unión de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos era una manera de sentar las bases de la reunificación de esa realidad secular, unas bases a las que los propios Reyes Católicos añadieron la incorporación del último baluarte musulmán, el Reino de Granada, y la del Reino de Navarra (ya fallecida Isabel); pero que se cerró, al menos temporalmente, con la incorporación de Portugal en 1580

Sí, es cierto que “unión” no es quizás la palabra más adecuada para los resultados del proceso reseñado, si lo interpretamos bajo el prisma de lo que hoy entendemos por administración, sistema legislativo y judicial, fiscalidad, etc.; pero visto desde dentro y desde fuera, era la convergencia de lo que siempre se había entendido por España.

Que los españoles de unas u otras esquinas del mapa no son idénticos es, ha sido y fue algo evidente. Que hay diversas realidades sociales y culturales es innegable. Pero España sólo tiene sentido con la suma de todas esas realidades (y tal vez la tendría del todo con Portugal).

España no es hoy X (no sé qué) más Cataluña. En la vorágine  del soberanismo y de los ámbitos políticos y periodísticos que les dan oídos se prodigan expresiones en las que se habla de España y Cataluña como dos realidades distintas, paralelas y al mismo nivel. Eso es una sustancial estupidez.

Naturalmente, a continuación, habría que atender en el mismo plano dialéctico a Euzkadi (o Euskalherría), Galicia… y tal vez, por qué no, a Canarias, Andalucía, Valencia, Baleares… Entonces, ¿Qué parte del estado que hoy se llama España es España?… sencillamente ninguno y todos. España es la suma de Galicia, Cataluña, Euzkadi, Andalucía, Asturias, Canarias… ¿Por qué ha de tener Cataluña derecho a arrogarse una individualidad y no lo puede tener Cantabria o La Rioja?

Con respecto a la actual crisis catalana, desde un punto de vista legal todo cae por su peso. Se plantea la celebración de un referéndum y se expone como la máxima manifestación de la democracia, como un derecho inalienable, como ese “derecho a decidir” que no puede ser hurtado sin ser tachado de antidemocrático. Pero la Democracia se sostiene sobre la base de las leyes. La Constitución de 1978 contiene principios como el de “indisoluble unidad de la nación española” o como el de que “la soberanía reside en el pueblo español” que, sin entrar en otros pormenores como la potestad de legislar hasta determinados niveles o de convocar referendos, colocan en fuera de juego, sin más discusiones, el planteamiento nacionalista. Las preguntas diseñadas para el pretendido referéndum (¿Quiere usted que Cataluña se un Estado? y, en caso afirmativo, ¿quiere que sea un Estado independiente?) torpedean en su misma línea de flotación la Constitución. Consentir que se materialice dejaría la Constitución con menos valor que el papel en el que está escrita.

¿Ha sido el caso de Escocia y el Reino Unido un ejemplo con el que comparar el caso de Cataluña? Rotundamente no. Escocia formó con Inglaterra el Reino Unido tras la firma de la Union Act a comienzos del siglo XVIII, no hay una Constitución británica que diga nada sobre indisolubilidades y soberanías nacionales de un determinado nivel, por lo que el pacto que ha permitido el referéndum no ha sido contrario a la legalidad. En el caso de España, se pide al gobierno central comprensión y manga ancha, lo que es tanto como pedirle que no cumpla con la Constitución y las leyes.

Pero nada es inamovible. La Constitución prevé los mecanismos para su reforma. En este caso, como en el que se abrió con el debate Monarquía-República, al ser materias que afectan a la esencia misma de la Constitución actual, fijada en su Título Preliminar, habría que emprender el procedimiento que la propia carta magna prevé para su sustitución por una nueva Constitución. Esa es la vía, la única vía legal para llegar a los puertos que sean; para constituir, por ejemplo, una República Federal que prevea los mecanismos para que sus Estados constitutivos puedan, si quieren, abandonar la federación… o para constituir una República Circense en la que los diputados, ministros y presidentes vistan de payaso… probablemente esta fórmula sería la más adecuada a tenor de las actitudes de la mayor parte de los personajes que malgobiernan y “maloposicionan”

En todo caso, España no se ha caracterizado precisamente por el respeto a la legalidad vigente. Desde finales del siglo XVIII los pronunciamientos militares, las revoluciones, las proclamaciones porque sí, han ido jalonando decenas de modificaciones del panorama legal, ¿Seguirá siendo así? ¿O llegará el momento en el que las leyes sirvan de algo?

Y, al final, todos es de lo más estúpido. Porque lo coherente en 2014 sería que los políticos se dejaran la piel para construir una Europa en la que se diluyan las realidades nacionales, como paso previo a una integración mundial, con un auténtico proceso de reparto justo de la riqueza, con la eliminación de los fanatismos de cualquier tipo, con la dedicación de los recursos necesarios para un desarrollo sostenible, con un auténtico combate frente al deterioro medioambiental y volcándose en la investigación que permita a la Humanidad terminar de comprender (si es que ello es posible) su auténtico sentido y sus posibilidades de futuro.

¡Pequeños miserables!

¡Mirándose el ombligo!

 

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