CORRUPCIÓN – INDIGNACIÓN

Corrup

Diccionario de la Real Academia Española:

corrupción.

(Del lat. corruptĭo, -ōnis).

1. f. Acción y efecto de corromper.

2. f. Alteración o vicio en un libro o escrito.

3. f. Vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de costumbres, de voces.

4. f. Der. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.

5. f. ant. diarrea.

~ de menores.

1. f. Der. Delito consistente en promover o favorecer la prostitución de menores o incapaces, su utilización en actividades pornográficas o su participación en actos sexuales que perjudiquen el desarrollo de su personalidad.

indignación.

(Del lat. indignatĭo, -ōnis).

1. f. Enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos.

Dejando aparte la acepción relativa a la corrupción de menores (no vamos a hablar ahora de curas), así como la 5ª (por más que pueda llegar a producirse), nos quedamos con la 4ª de las acepciones de la expresión “corrupción”.

Son los gestores de lo público especialmente responsables de que esa gestión se ajuste a parámetros que alejen de la 4ª acepción aludida cualquier análisis de la misma.

La percepción de la realidad sobre la cosa pública hoy día se acerca peligrosamente a esa 4ª acepción y produce la 5ª

Pero tal vez convenga pararse a analizar más las causas que las consecuencias (lo visible: el estallido de los escándalos que informan de fortunas amasadas ilegalmente, de comisiones impuestas al margen de los contratos públicos, de desvíos de fondos…)

¿Es la causa una cuestión de idiosincrasia? ¿Es algo inherente a la sociedad en la que surge el fenómeno?

Quizás el hecho de que crezca en la base de esa sociedad una creciente indignación (véase la definición de la RAE) informe de que no se trata de algo consustancial con ella, que es fruto del afán acaparador de una casta hecha a sí misma sobre la base de una extracción tradicional de mangantes o por mor del “noemangantismo” de grupos advenedizos al poder.

Pero a uno se le plantea la duda de si la indignación se alimenta de sinceros sentimientos contrarios a las conductas fraudulentas o también se alimenta de la frustración de no ser quien engrose su patrimonio con cualquiera de los medios a su alcance. Porque desde la postura de quien nada tiene más que lo conseguido con su trabajo es indignante que otros naden en la abundancia gracias a hábiles estratagemas en el margen de lo legal cuando no radicalmente al otro lado de la línea. ¿Pero ese alguien pensaría lo mismo si tuviera a su alcance la opción de enriquecerse rebajando el listón de su “integridad”?

La historia de la Humanidad no es precisamente la del triunfo de las actitudes morales íntegras.

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