¿POR QUÉ ODIO LA NAVIDAD?

Imagen obtenida en http://spikeandfreak.com/blog/ (nada advierte en ella sobre derechos de autor; caso de que los sientan vulnerados, por favor dejen un comentario y será eliminada de este blog

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La Navidad me revienta de un modo exponencialmente proporcional al paso de mis años.

Cuando la distancia de mis ojos al suelo era la mitad que ahora, esos ojos me transmitían un paisaje diferente. Entonces este ciclo de días que llamamos “Navidades” comenzaba el día que en el Salón de Actos del colegio hacían la pública entrega de notas del primer trimestre y te hacían cantar el primer villancico. Mientras la distribución semanal de los días lo posibilitara, había años que ese primer día coincidía con el sorteo de la Lotería de modo que el ir y venir del colegio estaba acompañado de la melodía de las voces de los niños (entonces sólo en masculino) de San Ildefonso. Empezaba a oler a polvorón y a turrón del blando y la purpurina, el espumillón, las estrellas plateadas y las bolas de colores empezaban a adornar los comercios. El 24 amanecía con una luz especial: olía y sabía a Navidad. Las manos que admirabas y te servían de referente para el futuro llevaban las riendas de la confección del “belén” en el que tú ponías esa oveja, aquel pastor y a uno de los reyes magos, únicas piezas llamadas a variar su posición en un paulatino desplazamiento hasta el portal, marcando así el paso del ciclo festivo hasta el 6 de enero. Y vivías aquellos días, porque estabas literalmente sumergido en una sociedad confesional, con la trascendentalidad correspondiente. La cena de Nochebuena, en familia, se acomodaba al horario que permitiera llegar a tiempo a la Misa del Gallo, en el colegio, con otras familias de compañeros, y participabas con el ánimo prendado de una sugestión metafísica en la comunión o en el beso ritual en la rodilla del Niño… Y seguías en el ambiente festivo-religioso de los días siguientes, a ritmo de villancico, con el tradicional Torneo de Navidad de Baloncesto del Real Madrid, con los juegos fraternales, con un ligero “despendole” el día 31, nuevamente con la familia (en este caso ampliada a primos y tíos), cerrando los últimos doce segundos del año con la ingestión atropellada de esas mágicas gotas que eran las uvas y abriendo las primeras horas del nuevo año con la música, el humor y el espectáculo del programa que te ofrecía la única televisión disponible. Tu organismo infantil pasaba factura por la noche prolongada (no en exceso) con un sueño estirado a toda la mañana del uno de enero, aunque procurando llegar a tiempo para ver algunas imágenes del concierto de Año Nuevo desde Viena y la bendición Urbi et Orbe del Papa, especialmente cuando llegaba la sucesión de mensajes en decenas de idiomas y esperabas que llegara la pirueta papal en español. Y a seguir jugando en casa y esperando con creciente nerviosismo la llegada de esos magos portadores de juguetes que burlaban tu sueño en la madrugada del 6 de enero y a cambio de unos trozos de turrón y una copita de Chinchón te dejaban una lluvia de ilusión en forma de tren eléctrico, de fuerte Comansi o de Madelman. Una breve prórroga, por lo general de un solo día, servía para cerrar cartera y volver a la rutina del “tiempo normal”.

Sí, ese tiempo está grabado en la memoria; recuerdo la familiaridad, la ternura, el recogimiento, la amabilidad de aquellos días y por eso precisamente me revuelve las entrañas recordarlo; porque es un tiempo perdido, una estructura espacio-temporal que las circunstancias y algunas de las personas que rediseñaron mi existencia se encargaron de ir aniquilando.

Los errores de programación en ese código genético escrito en las cadenas del ADN se llevaron por delante las manos que construían el “belén” y que impulsaban la vida completa de aquellos y de todos los días; rompiendo la magia, haciendo que empezara a tambalearse el armazón metafísico y llevando inexorablemente a que “esos días” trajeran el angustioso recuerdo de “esos días”.

Vinieron supuestas materializaciones de proyectos de construcción de paralelos familiares que pretendía similares a aquellos en los que “esos días” tuvieron gozoso significado; pero trajeron en realidad nuevos factores de distorsión existencial especialmente crudos en “esos días”. Y terminaron rompiendo en pedazos de tiempo alquilados la sonrisa de quien debería haber jugado papel similar al mío cuando yo era el que medía cuatro palmos.

Y con la primera prueba fracturada, cuando el horizonte se tiñó de verde, cuando parecía que los pedazos podían volver a aglutinarse y la ilusión despuntaba, se multiplicó la rotura. Sacrifiqué mi sosiego y mi cordura unos años, representando la parodia de una normalidad inexistente, una parodia que incluía de especial forma y de forma especialmente dañina “esos días”. Y definitivamente “esos días” se convirtieron en un tiempo en alquiler, un reparto de presencias en el que la ilusión de los soportes de mi existencia justifica para mí a medias vestir de fiesta el tiempo arrendado.

 

Y ahora no soporto el primer aldabonazo de “las Navidades. Un primer aldabonazo que llega cada vez más pronto, porque la devoradora ambición comercial de los monstruos acaparadores que rigen el sistema socio-político-económico no pueden esperar y nada más explotar la novedosa (y oportunísima comercialmente) fiesta de Halloween (en breve, celebraremos también el Día de Acción de Gracias; los criadores de pavos lo están deseando) se lanzan a incitar al consumo navideño: los turrones llenan anaqueles en los supermercados desde primeros de noviembre, los anuncios de juguetes, perfumes, ropa… asaetean en todos los medios, por todas partes, y siempre con la coletilla navideña, regurgitando empalagosas frases que buscan mover los buenos sentimientos con el único fin de sangrar el bolsillo. Las ONG se vuelcan especialmente en sus campañas para conseguir que el falso sentimiento de solidaridad o el de culpabilidad se traduzca en un aumento de los ingresos… con finalidad positiva, sí, que falta hace, pero… No, no soporto los anuncios navideños (ni ninguno, por eso no veo televisión comercial, sólo películas y series grabadas) Y no, no aguanto la hipócrita actitud de la gente, esos supuestos deseos expresados en manidas frases hechas… de gente que el resto del año se comporta contigo y con todo el mundo como una odiosa fuente de desestabilidad y que dos días antes de comenzar el jolgorio te desea “feliz” (¡¡¡feliz!!!) lo que sea.

Y no, no soporto la ineludible clase del día previo al sorteo de la Lotería de Navidad, contándote la mecánica, entrevistando a los niños y obligándoles a demostrar cómo cantarían el gordo. Y no aguanto el soniquete del sorteo: toda una mañana con los mismos acordes y el baile de números asociados a cantidades de euro. Y me revienta que el premio no sólo nunca me toque sino que ni siquiera me roce y tenga que imaginarme mi modesta inversión en esperanza monetaria engrosando las arcas de un Estado que despilfarra y consiente que cuatro mangantes se lo lleven a Andorra, a Suiza o a Luxemburgo mientras merman mis derechos a asistencia sanitaria, se reducen las inversiones en educación…

Y no resisto la tensión que genera en los entramados familiares el reparto de cuerpos: que si esta cena en casa de…, que si esta comida en la casa de… que si vas a ir a…, que si vamos a… y los “¿que no vas a venir a cenar?“, “¿que prefieres pasar el día con…?“, “claro, nosotros ya no te importamos, prefieres a…“, “¿cómo te vas a quedar solo ese día?“…

Y aborrezco la ceremonia de las puñeteras uvas… “las uvas de la suerte“… ¿de qué mierda de suerte?, ¿aquella que me obliga a dar gracias por estar vivo?. Y no te digo de la bazofia ponzoñosa de ver las caras sonrientes de un pintipollo y una tetificial, copas de cava en mano, soltando sandeces antes y después de las campanadas y, antes, volviéndote a explicar como si fueras bobo de baba el rollo de los cuartos, de la bajada de la bola y el ritmo de las campanadas, que lo que único que me aportan durante su machacona sucesión es que sigue la misma historia, que los fines de año pasados siguen trayendo al nuevo el recuerdo de lo perdido y el anuncio de lo inexistente.

Y ya por no vomitar no entro demasiado en la estulticia suprema de la Cabalgata de Reyes, una putrefacta estratagema de manipulación de la ilusión infantil teñida crecientemente de falaz propaganda: ya sea la de productos y empresas o la de instituciones echándose flores.

 

No, no puedo soportar este tiempo que me robaron hace treinta y siete años y no sólo no me han dejado recuperar sino que me lo han despedazado. Sí, tú y tú… y colaborando a amargármelo tú también. Por eso, lo siento por ti, por ti y por ti; pero no esperes de mí que vuelva a sonreír sinceramente ninguna puñetera Navidad.

¡Buenas noches y próspero día nuevo!

 

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