CATALUNYA, JUNTS PERQUÈ SÍ ES POT

CATAL

El próximo domingo, 27 de septiembre de 2015, puede convertirse en una fecha crucial en la historia de España.

En cualquier caso, llegar a esa fecha y celebrar unas elecciones autonómicas con el significado y el contenido que se les da es ya de por sí un acontecimiento significativo. Lo es porque en el marco de la legislación vigente (y digo yo que las leyes están por algo y para algo) se trata nada más que de unas elecciones al parlamento de una comunidad autónoma (las terceras en menos de cinco años), pero en la práctica se ha convertido en un acontecimiento con unas implicaciones transcendentales.

No hay ni una sola línea en la Constitución Española de 1978, al amparo de la cual se aprobó el Estatut d’Autonomia de Catalunya, y tampoco en éste, ni en la ley electoral general, ni en ninguna otra norma o disposición, en la que se diga nada de la posible existencia de eso que se ha llamado “elecciones plebiscitarias”. Los promotores y defensores de la independencia son los que han definido así las próximas elecciones… algo que de un modo u otro han aceptado, a juzgar por declaraciones y manifestaciones, el resto de partidos y coaliciones… y, claro, la prensa, que parece no planterase nunca con seriedad la asunción de determinadas formas de expresión que implícitamente dan credibilidad a las desfachateces de cualquiera (es el caso, por ejemplo, de la verborrea etarra, con expresiones como “lucha armada”, “conflicto político”, “acción”, que ganaron las columnas de los periódicos en sustitución de terrorismo, atentado, asesinato…)

Ya no hay más, estamos ante algo legalmente inexistente pero que parece ser acatado. Y como no hay norma que ampare el despropósito, son los propios promotores los que se permiten el lujo de arrogarse la facultad de hacer interpretación de los resultados. ¿Que la suma de votos no llega al 50 % a favor de la opción independentista? bueno, no pasa nada, aunque nos voten menos del 50 %, si tenemos más de la mitad de parlamentarios seguiremos adelante con la declaración unilateral de independencia… cuando uno se sale del marco de la ley todo vale.

Porque, sí, hay que tener en cuenta que, aunque parezca, por la propaganda, que los ciudadanos de Cataluña van a votar Sí o No a la independencia, sus votos se dirigen en realidad a listas formadas por partidos y coaliciones electorales y que los resultados se aplican a la adjudicación de los escaños bajo el sistema de listas cerradas y bloqueadas. Esa adjudicación se hace, conforme a la legislación vigente, por un sistema de proporcionalidad tan aceptable o discutible como cualquier otro (sistema o “ley” D’Hont), pero que está demostrado se trata de un sistema que favorece a los partidos o coaliciones mayoritarios y castiga a los que obtienen menos votos.

Así es que, en principio, el domingo, los ciudadanos que están empadronados en Cataluña podrán ir a votar, llegarán a su colegio electoral e introducirán primero en el sobre y luego en la urna una papeleta en la que no constará la pegunta “¿Quiere usted la independencia de Cataluña?” sino una ristra de nombres encabezados por el de la candidatura. Una vez cerrados los colegios electorales comenzará el proceso de recuento y a lo largo de la noche se irán conociendo los resultados. Aunque de acuerdo con esa legalidad vigente de la que se mofan los promotores del despropósito no habrá resultados oficiales hasta unos días después y el Parlament no se constituirá hasta muchas semanas después, el lunes 28 habrá sin duda “jolgorio” para unos y decepción para otros.

Legalmente, después de las elecciones Cataluña seguirá siendo una más de las 17 comunidades autónomas que forman España (más las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla) y en principio nada cambiará esa situación. Pero los independentistas seguirán hablando de independencia. Si ganan (y ganar será un verbo que conjugarán a su conveniencia según sean los resultados) pondrán en marcha lo que han llamado “hoja de ruta” para en un plazo de 18 meses declarar unilateralmente la independencia. Algunos hablan de “negociar”… ¿negociar qué? ¿la independencia?… no le pueden pedir a ningún gobierno que respete el Estado de Derecho que negocie algo que actualmente no cabe en la legislación vigente y para lo que tampoco existen instrumentos, cauces o procedimientos. Por tanto, efectivamente, puestos a obcecarse en el objetivo de la independencia, no les cabe más que hacerlo contra la ley y por la fuerza de los hechos. En ese momento, quizás en ése y no antes, el gobierno central deberá actuar con toda la contundencia que le permite (y le exige) la Ley.

Pero el panorama se complica todavía más. Porque en diciembre habrá elecciones generales. Entonces, no sólo los catalanes, sino el resto de españoles seremos llamados a votar para elegir diputados y senadores, y de la distribución de escaños en el Congreso de Diputados se derivará la designación del nuevo Presidente de Gobierno. En la tesitura en la que andamos, con las lucidísimas intervenciones (pero más omisiones) del registrador de la propiedad, la hiriente sarta de recortes, presiones fiscales, corrupción galopante… y ante el crecimiento de nuevos partidos, todo apunta a que el despropósito del noreste coincidirá con una situación de gobernabilidad hipotecada por pactos, pactillos y acuerdetes.

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La verdad es que si no fuera por la transcendencia histórica de la coyuntura sería para reírse de la estulticia de la clase política española en su totalidad (con muy honrosísimas y sensatas excepciones) Bueno, de los políticos y de los periodistas… y de la borreguería en general. Porque a ver si no es para esbozar una sonrisa de escepticismo escuchar algunas de las preocupaciones periodísticas frente a un futurible marco con una Cataluña independiente: ¿El FC Barcelona podrá jugar la liga española?… claro, lo más importante no es si Cataluña entrará en quiebra técnica, si, como es evidente, quedará automáticamente fuera de la Unión Europea, del sistema monetario del euro, del Tratado de Schengen y de la mismísima ONU; no, lo importante es si el Barça podrá seguir luciendo la senyera en el uniforme por todos los campos de España… como si no existieran otros equipos catalanes (incluido uno llamado “Español”), ni otros deportes y como si no fuera obvio que la independencia condenaría al equipo español más laureado en el siglo XXI a jugar en una liga menor y, seguramente, a la quiebra económica (mención aparte merecería el asunto de “la estelada”, la bandera independentista que mandaría al baúl de los recuerdos la senyera de toda la vida tras nueve siglos ondeando, una bandera inventada imitando la de Cuba y Puerto Rico; una bandera que no es la única propuesta… en un país de banderías, bandera para todo)

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En Cataluña, el amigo Artur Mas ha estado cinco años mareando la perdiz con el asunto de referéndumes, consultas o elecciones plebiscitarias mientras el pueblo, aborregado por sus irresponsables dirigentes, nadaba en la crisis, el paro, los recortes en educación y sanidad (éstas, recordemos, competencia de la Generalitat, no del Gobierno central), mientras esos dirigentes chapoteaban en la corrupción galopante que, por otra parte, aqueja a toda España; y en lugar de manifestarse en contra de tanta tropelía en su contra, le hacen el juego a los que utilizando sentimientos quieren velar sus inmundicias y perpetuar su control del poder económico y político.

Y peor es que las propuestas independentistas alimenten los afanes con mentiras. Durante 35 años los catalanes han sido adoctrinados sistemáticamente para hacerles creer que Cataluña ha sido siempre una nación dominada por la fuerza, a la que se ha expoliado, a la que se le ha “robado” (“Espanya ens roba”, dicen). Han tergiversado la historia mintiendo descaradamente sobre episodios tan emblemáticos para el nacionalismo como el 11 de septiembre de 1714, pintándolo como un momento trágico de pérdida de independencia, una independencia jamás tenida (y nadie parece ser capaz de hacer valer la verdad de que fue sólo un punto más de la Guerra de Sucesión española, en la que hubo catalanes en los dos bandos, y que el derrotado no era precisamente el que proponía futuros más liberales) O han ignorado que durante más de dos siglos han sido una de las regiones mimadas, con una burguesía innovadora cuyos proyectos industriales se alimentaron con inversiones públicas y con mano de obra del resto de España. Da igual. El nacionalismo necesita de referentes históricos heroicos y si no los tiene se los inventa y basta. Así pasó durante cuarenta años con el nacionalismo español alimentado por Franco y así pasa allá donde se mire y haya un partido, organización, grupo, movimiento o lo que sea que proponga crear, mantener o engrandecer reales o ficticios colectivos nacionalistas.

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Pero con todo, lo peor es que el daño causado al fragmentar la sociedad catalana en independentistas y no independentistas es que sea cual sea el fin al que conduzca todo este cúmulo de despropósitos, la herida no se cerrará en generaciones, si es que llega a cerrarse.

España es un concepto y es un hecho histórico. España sin Cataluña no sería España. Llevamos juntos, de un modo u otro, con fueros o sin fueros, con reyes comunes o distintos, muchos siglos. Los extremeños o los asturianos, los gallegos o los vascos, los aragoneses o los andaluces, los castellanos o los valencianos, los baleares, los canarios tienen su identidad, pero la tienen más que en sí mismos en función de su pertenencia a un colectivo que tira de la misma historia; un colectivo que es más si está unido y que debería tener un horizonte de fusión superior, en un primer escalón europeo, antes que de disgregación.

Junts, perquè sí es pot.

JUNTS

1931-1939 ESPAÑA II REPÚBLICA_7

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