FIESTA NACIONAL

POLÍTICOS

Uno es de donde nace y muy digno es sentir un amor especial por la tierra en la que se sustentan las espirales de tu ADN… pero es tan relativo… Porque basta con una generación para que todo sea diferente: el hijo nacido en Chipre de padres malteses seguramente se sentirá más chipriota que sus padres se sintieron nunca malteses.

Y cada uno siente como siente. Hay quien, en el caso que nos ocupa, no se ha sentido en su vida español ni cinco minutos seguidos; pero acepta un premio que en su denominación incluye el término “nacional”; hay quien se revuelve, a quien se le descomponen las neuronas viendo que en su DNI pone la palabra “España” y lo lleva como si le quemara en la cartera; y hay quien pasa absolutamente de todo y asume que su nacionalidad es accidental y no precisamente obligatoria para el resto de su vida.

Pero sentir una vinculación serena, pero emocionada, por esa conjunción de tierra y gentes, de costumbres y aires; de colores y sonidos; es decente y ha de ser respetada.

Digno es vibrar por dentro al ver ondear un trapo con colores, que es trapo para unos y partitura de proyectos universales para otros; y digno es pasar de ello y vivir la vida de cada día en el marco sociopolítico en el que te ha tocado hacerlo.

No hay país en el mundo que no tenga su fiesta nacional. La cuestión de la elección del día es otro tema. En Francia, por ejemplo, celebran su fiesta el 14 de julio ¿celebran el inicio de un proceso en el que rodaron las cabezas de miles de aristócratas y no aristócratas y, de alguna manera, el inicio de una sucesión de acontecimientos que llevaron al poder a Napoléon y generaron uno de los múltiples conflictos bélicos europeos? Sí y no. En realidad celebran que son un pueblo con unas premisas unificadoras en las que cree la mayoría y eligieron el 14 de julio por ser una fecha emblemática en su historia, el día en el que comenzó la llamada Revolución Francesa que trajo por primera vez a Europa los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, independientemente de la sangre que corriera.

En España, la fiesta nacional se celebra el 12 de octubre. El hecho histórico que sirve de referencia es el llamado Descubrimiento de América, un hecho épico en sí, el protagonizado por un puñado de hombres a bordo de unos cascarones de nuez surcando el Atlántico. Algo que llevó al conocimiento mutuo de dos continentes (no entro aquí en las cuestiones sobre las seguras llegadas a América de vikingos, chinos o incluso fenicios o griegos y, sobre todo, de los propios indígenas americanos, los primeros descubridores del continente sin lugar a dudas) Claro que los siguientes años, a partir de ese día, se inició un proceso de conquista en el que la superioridad del armamento, la astucia, la ambición y el contagio de virus provocaron uno de los mayores desastres humanos que llevó a la extinción de infinidad de grupos indígenas… algo en lo que tuvieron su responsabilidad los españoles de entonces; pero de lo que no fueron sólo inocentes espectadores los ingleses, los franceses o incluso, al principio, los propios indígenas, aliados con los conquistadores para sojuzgar a otros grupos enemigos. En cualquier caso quienes no somos responsables de aquello somos los españoles del siglo XXI. Yo no fui a América a matar a nadie ni a traerme oro (lo cierto es que aquel oro no está en España desde hace casi tantas generaciones como las que hace que fue traído, se desparramó por Europa y fue dilapidado por unos monarcas nefastos) Lo curioso es que hoy en día algunos de los que desde América claman por el “genocidio” son precisamente descendientes de los españoles que allí fueron, no indígenas. Con ello no quiero quitarle hierro al asunto, que lo tiene, como todo acontecimiento de la historia de esta despreciable humanidad que ha tenido siempre por norte medrar a costa de los demás. Porque, sí, despreciable es que la conquista de América llevara consigo la muerte de millones de personas y el expolio de oro, plata y otros metales; igual que así habría que catalogar la conquista romana de España, que condujo a la desaparición de poblaciones enteras y al expolio continuo de oro, cobre, plata, ganado, cereales y seres humanos utilizados como esclavos. La Historia no ha sido precisamente una dulce sucesión de hechos maravillosos.

¿Sirve pues de algo revolverse con saña y casi con odio por la celebración de una fiesta un día como hoy? Pues no (aunque sea respetable) Y hoy me han llamado la atención varias de esas reacciones. Un actor, por ejemplo, se ha soltado con una sarta de improperios contra el 12 de octubre; una alcaldesa ha dicho que siente vergüenza por un Estado que celebra un genocidio y se gasta 800.000 euros en un desfile militar (en su Comunidad Autónoma llevan gastados muchos más en una sucesión de elecciones y festivales, pero eso no parece contar… y eso que, efectivamente, me parece que hay otras cosas en las que gastarse el dinero)

En cualquier caso, todo esto demuestra la degradación de la identidad de lo Español. Si la disolución de lo español fuera acompañado de la construcción de algo superior, vale; pero el aldeanismo al que lleva no es lo deseable. Hace falta reconstruir un proyecto común. Un proyecto que no esté dirigido por el dinero, por el pelotazo, por los poderosos, sino por la gente que trabaja, que vive día a día intentando sacar a los suyos adelante; por las gentes de todos los rincones de la tierra a la que la historia ha llamado España, buscando lo coincidente y no lo excluyente. Y si ese proyecto requiere nuevas banderas, nuevos himnos y fiestas diferentes pues que así sea.

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