DEBATE SIN VESTIDURA

PParlament

Definitivamente, soy un crédulo.

Ayer vencí las barreras interiores que puse ante mi credulidad hace casi seis meses cuando 350 diputados y 266 senadores se fueron a sus casas  habiendo cobrado sus suculentos sueldos y gozado de sus enormes prebendas sin haber dado un palo al agua, diciéndonos a los votantes que lo que habíamos dicho en diciembre de 2015 no valía para nada.

Sí, me dije a mí mismo que no iba a volver a preocuparme lo más mínimo por lo que hicieran o dejaran de hacer esa pandilla de inútiles. Fui consecuente con esa afirmación y el día 26 de junio les “dije” que conmigo no contaran para su festival y preferí disfrutar del aire de la sierra en lugar de gastar mi tiempo y mi dinero en desplazarme para “cagar” en una urna un voto que a ellos se la suda.

Pero soy tan estúpido que he vuelto a caer. Ayer, 30 de agosto, escuché el tedioso y anodino discurso del señor que lleva gobernando “en funciones” nueve meses sin despeinarse. Y hoy he aguantado la mayor parte de las intervenciones de ese mismo señor y de los restantes líderes de los grupos con representación en el Congreso de los Diputados.

Cuando ha terminado la tormenta de dislates verbales de unos y de otros y se ha materializado la votación la primera pregunta que se ha construido en mi torpe cerebro ha sido “¿Y para qué han hablado unos y otros durante más de doce horas?

***

El parlamentarismo me agrada. Me fascina la retórica orientada a la defensa de las propias ideas y a la legítima pretensión de convencer a los demás de que nuestras ideas son las mejores. Estoy convencido de que, sin duda, la mejor forma de resolver los asuntos que conciernen al buen gobierno de los estados es el intercambio de argumentos, en forma ordenada, respetuosa y correcta, con los tintes de entusiasmo, vehemencia o incluso emoción que las ideas que sustentan esos argumentos puedan inspirar. Y soy de la opinión de que TODAS las ideas son, en principio, dignas de ser escuchadas.

Pero, claro, el parlamentarismo no es sólo el juego de ese diálogo regulado por el turno de palabra que permite pronunciar discursos de exposición y de réplica. Hay todo un mundo detrás de las bambalinas del hemiciclo; ese mundo en el que trabajan las comisiones, en el que se producen encuentros bilaterales o multilaterales, en el que se gestionan iniciativas de mociones, propuestas, preguntas…

No dudo que en la intención de algunos de los diputados (inciso: el género gramatical masculino plural incluye a los dos géneros gramaticales, masculino y femenino) esté participar de modo activo en la vida parlamentaria; pero la imagen que transmiten hoy por hoy, que ME transmiten, es la de que son meros números en manos no sé muy bien si de sus líderes, de las ejecutivas de sus partidos o de qué. La práctica de la vida parlamentaria española de los últimos cuarenta años lleva a la conclusión de que sería mucho más barato que en lugar de elegir 350 diputados se repartieran 350 votos, es decir, que a las sesiones en las que se vota lo que sea acudan los diez o doce líderes, se tiren los trastos unos a otros y llegado el momento de la votación hagan como en una partida de cartas: “yo echo 137” “yo voy con 85 contra eso”; “yo pongo mis 32 para lo primero”.

***

Asistir a un debate como el de los días 30 y 31 de agosto termina siendo deprimente cuando ves que no sirve absolutamente para nada. ¿Para qué han hablado? ¿para que cada uno vuelva a exponer lo mismo que ya se sabe de antemano va a exponer? ¿para que éste o aquél se salgan del contexto y saquen a colación asuntos periclitados o que, en cualquier caso, no tienen nada que ver con lo que se debate?.

¿Escuchan sus señorías lo que hay detrás de los votos que les han llevado a ocupar uno de los puestos más privilegiados de este estado? NO, NO y NO.

Claro que no lo escuchan. ¿Se han planteado por qué cuando emiten por televisión un partido de fútbol de cierta importancia se vacían las calles y la gente se apelotona en los salones de sus casas o en los bares para verlo y cuando ellos “actúan” en un debate de la trascendencia del recién acabado la mayor parte de la gente sigue con sus vidas?

No, porque en realidad les da exactamente igual. Es más, estoy convencido de que les conviene que la gente pase de la actividad parlamentaria, que no se lea ni una línea de los programas electorales, que no les “analice”. Prefieren malear la opinión de sus posibles votantes con los cuatro estereotipos de los que cada uno hace bandera. Y la gente, el pueblo, los ciudadanos (tres conceptos que aluden a lo mismo pero que se tiñen de diferente color político dependiendo de quién los use) en su inmensa mayoría se deja llevar: tiene unas cuantas ideas preconcebidas, escucha una o dos intervenciones de campaña, charla con unos cuantos amigos, familiares y conocidos y define su voto. Luego, en realidad, sabe que su voto vale una higa, que podrá votar A o B o C pero que ni A, ni B ni C van a hacer lo que le han dicho que van a hacer. En muchos casos, oyendo algunas conversaciones, es como si uno fuera a votar igual que va a “echar” la quiniela o a comprar un décimo de lotería… hace una apuesta a ver si “sale” lo que él quiere, a ver si lo que sale le va a seguir jodiendo la vida o se la va a hacer un poco menos jodida.

***

Si no fuera un asunto tan serio sería hasta cómico.

Rajoy se enroca en sus presuntos éxitos económicos y fundamenta su argumento en datos de inflación, encuestas de población activa, PIB, renta per cápita, primas de riesgo (o sea, los datos fundamentales en los que piensa el ciudadano de a pie cuando va a comprar la comida)… y se arroga el mérito de “la recuperación”… cuando en realidad la economía mejora A PESAR de las políticas del PP; y mejora dependiendo de para quién.

Se habla de territorialidad, de nación, de patria y unos se enrocan en nacionalismos globales y otros se atrincheran en nacionalismos de barrio. ¿Se han dado cuenta de que estamos en el siglo XXI y que el concepto de nación va perdiendo sentido? No se dan cuenta ni unos ni otros y lo que hacen es distanciar cada vez más sus conceptos arrastrando a las sociedades (sea la española en su globalidad, sea la catalana, sea la vasca, la valenciana, la murciana o la de La Val d’Ará) a la fractura. Cuando hay que trabajar para la cohesión y la unión, trabajan para la desestructuración y la división.

Algunos dicen intentar (pensemos que lo hacen) alcanzar acuerdos, llegar a puntos de encuentro. Albert Rivera ha jugado ese papel en las dos últimas legislaturas: la fallida en mayo y la seguramente fallida de ahora. No le ha hecho ascos a pactar con el PSOE primero y con el PP después buscando, dicen, la gobernabilidad. Pero se ha contradicho en sus principios electorales al aceptar la figura de Rajoy.

Pedro Sánchez no se ha querido sumar a ese acuerdo aunque se recojan la mayor parte de los puntos del pacto que él mismo firmó con Ciudadanos hace unos meses. ¿Por qué? En parte por un principio ideológico de calado y en parte por un personalismo galopante.

Pablo Iglesias ha estado donde no tiene más remedio que estar que, en principio, debería ser NO a cualquier opción que no sea él mismo.

Los demás han estado en su papel (algunos meramente testimoniales) El señor Tardá (con quien no comparto mucho) ha sido de los pocos que han intervenido como parlamentario (salvo alguna que otra frase que, de verdad, no venía al caso); el señor Esteban (del PNV) me ha hecho recordar a uno de los parlamentarios que más me ha gustado (aunque tampoco compartiera con él demasiado), el señor Erkoreka. El Señor Homs me ha dado hasta pena, porque quién ha visto y quién ve a lo que queda de su partido;  y me sigue llamando la atención que a pesar de todo sigan interviniendo, él y los anteriormente citados en este párrafo, con argumentos que hablan de globalidad (en este sentido, me resulta más coherente la postura de la CUP que no se presenta a las elecciones generales porque no tienen interés en estar en un parlamento que consideran de un país distinto al suyo)

***

Sí, sencillamente, son incapaces.

Y no hay solución. Porque estos políticos no están dispuestos a hacer esa regeneración que cacarean… quieren hacer una regeneración de la que ellos sean exclusivos protagonistas, no la regeneración en la que coincida la mayoría.

¿Es tan difícil sentarse a una mesa y buscar los puntos comunes?

¿No se puede llegar a un punto de confluencia en el concepto de qué es España y qué son sus pueblos constitutivos?

¿No se puede llegar a una común visión de cómo debe articularse la representatividad, después de confirmado que el actual sistema es injusto?

¿No se pueden concertar unos puntos básicos sobre cuestiones como el empleo, la producción, los salarios, los impuestos, la distribución de los presupuestos?

¿No se puede llegar a acuerdo sobre los criterios básicos de la educación para evitar que estemos continuamente cambiando de sistema en función del ministro de turno?

¿No se puede concertar lo esencial sobre los servicios sociales esenciales?

¿No es asumible por todos que hay que buscar un desarrollo sostenible y respetuoso con el medio ambiente?

Para qué seguir.

No, definitivamente, no tenemos remedio.

Por eso, será mejor olvidarse y vivir la vida como mejor nos dejen.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: