22

 

Otro 30 de enero.

También lunes.

Niebla.
Sin brillantes reflejos de sol en los charcos.
Enhiesto el templo en su esquina eterna.
Desde el rincón-mirador de las últimas ceremonias he observado el ara donde la transubstanciación fue hecha.
El cáliz de hoy, como en los últimos giros, sólo tuvo un oficiante, sólo tuvo un comulgante de comunión ni unida ni común.

La ambientación musical del templo difundía al aire entre vidrieras “What a Wonderful World“, mas fuera no veía a gente estrechando sus manos ni diciendo te quiero; ni niños llorando o creciendo, ni arco iris prometiendo. Pero sí contemplaba unas calles mojadas y unas fachadas cubiertas por negros velos de luto que tal vez al próximo giro muestren sus rejuvenecidas caras.

En el tiempo de oración, de recogimiento, de memento; volví a fijar la mirada en el altar vacío; ya sin sombras, sin almas, sin tiempo. Resolvía convencerme definitivamente de lo inútil de mis recuerdos, sabiendo que recordarlos será imposible olvidarlo. Y hundiendo definitivamente el coraje y el valor de extirpar la astilla de la añoranza, comenzó a sonar, para reírse de mis propósitos, la voz de Frank Sinatra modulando la melodía de “I’ve got you under my skin“…

22

Cisne blanco, cisne negro.
Veintidós giros ciegos.
Cinco enlazados sus cuellos,
Cinco anidando quedos,
Once de blanco en vuelo;
de negro en su canto postrero.

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