INVISIBILIDAD

Invisibilidad

Debo de ser un ser real, tangible, con volumen, masa, dimensiones. Al menos yo lo percibo así.

Debo de existir. Sí, sentir el frío de la mañana en mi rostro debe de ser sin duda indicio de que soy capaz de percibir.

Camino y mientras lo hago observo otros viandantes cuya expresión, cuyo gesto atisbado entre las bufandas y gorros denota que sienten también frío (tal vez más que yo) por lo que debo de existir en su mismo plano de realidad. Pero no sé si realmente existo.

Esos caminantes simultáneos, en direcciones y sentidos diversos, en los que yo reparo, sin excesiva atención, es cierto, parecen no reparar en mi presencia. Me pregunto si en el caso de que no fuera yo quien cambia su paso o la dirección de su trayectoria no terminarían chocando conmigo o sencillamente transpasándome. Porque si me fijo en sus ojos no observo que ninguno de ellos pare su mirada en la mía.

Camino y parece que lo hago entre entes ajenos a mi existencia. ¿Son ellos los ajenos o soy el ajeno a esa existencia?

No. No me miran. No me miran los nuevos transeúntes del día ni los habituales. Y no me miras tú a quien busco con mis ojos cada día mientras los esquivas mirando el suelo o el infinito frente a ti, ese que queda a mi espalda.

Será sencillamente que no existo, que no soy un ente real sino una materialización puntual de los sueños de un ente que no conozco.

VIENA

Musikverein2

No, no lo podía creer.

Desde niño había asistido boquiabierto a las retransmisiones televisivas del Concierto de Año Nuevo. Al principio con la mente abierta al caudal de sensaciones percibidas sin pararme a intentar memorizar los nombres de composiciones y compositores que la cálida voz del comentarista iba facilitando; su voz, cálida, sí, era entonces sólo una molesta interrupción entre melodías cautivadoras.

En alguna ocasión, el sueño, tras una prolongada velada de la Nochevieja me hizo llegar tarde a la cita o incluso no llegar; en tal caso sentía que había perdido todo un año, porque hasta el siguiente uno de enero no podría disfrutar del evento.

Pero ahora estaba en la mismísima Musikverein, en la mismísima Viena.

No, no lo podía creer. Ahí, frente a mí, a pocos metros, estaba Daniel Barenboim conduciendo con su maestría … y simpatía habituales, a la Wiener Philharmoniker.

Me sentía un ser privilegiado.

Mi cuenta corriente no se iba a resentir lo más mínimo por los desembolsos realizados para cumplir mi sueño. Al fin y al cabo desde hacía un par de años, tras el golpe de suerte de la Lotería y unas arriesgadas pero fructíferas inversiones, podía decir que salvo la Luna casi podía comprar cualquier cosa. Y así había sido en esta ocasión. No quería confiar en otro obsequio de la diosa Fortuna (que habría sido el segundo de toda mi vida) así es que decidí salirme de las normas sobre la adquisición de la localidad; no podía esperar al resultado de un sorteo entre los solicitantes, así es que moví los hilos necesarios a golpe de talonario y conseguí una de las mejores butacas a escasa distancia del escenario pero a la suficiente como para tener una perspectiva global del mismo.

Me había desplazado hasta Viena el día anterior, en vuelo regular, sí, pero naturalmente en un cómodo asiento en Business Class. Me trasladé hasta el Hotel de France en el lujoso automóvil con conductor que puso a mi disposición el servicio especial que había contratado para los días de estancia que tenía previstos. Después de una tranquila comida en el propio hotel había hecho un amplio recorrido por diversas zonas de la ciudad sin parada alguna; mi objetivo en esta ocasión no era otro que mi ansiada asistencia al Concierto de Año Nuevo y sólo quería llenar las horas de la última tarde del año. De vuelta al hotel, cené ligeramente y subí a mi suite. A la Nochevieja le hice únicamente la concesión de esperar despierto a que el reloj marcara el final del día, del mes y del año y el comienzo de una nueva tripleta de convencionales formas de medir el tiempo.

Desperté sin necesidad de sistemas distintos al reloj biológico y me preparé con calma para llegar sin prisas a la Musikverein y ocupar mi localidad tranquilamente, aunque no pude evitar el aleteo característico en el vientre por la inmediatez del cumplimiento del sueño; sensación que fue creciendo mientras la gente iba acomodándose y yo intentaba concentrarme en el folleto facilitado por el acomodador; en realidad nada que no supiera ya, incluido un programa ya anunciado y que había memorizado sin esfuerzo desde que me fue enviado por correo meses atrás. La tensión, la ansiedad, aumentó con la salida de los componentes de la Filarmónica y el pausado acomodo en sus posiciones y sólo desapareció en el momento en el que Daniel Barenboim comenzó a mover su batuta.

Mientras el programa se materializaba había pasado por fases en las que mi mirada había viajado en direcciones diversas y ajenas a la perspectiva directa de la orquesta y de los detalles que me ofrecía; era inevitable explorar las majestuosas lámparas, los tubos del órgano, las pinturas del techo… pero también era inevitable posar la mirada sobre los compañeros de sueño… Sabía que yo había hecho valer el corazón que mueve el mundo para conseguir mi localidad y me era del todo imposible creer que todos los allí presentes se habían sometido a la norma del sorteo. Porque 940 € no son nada para los miles de ricos que miran por encima del hombro a sus compañeros de especie, pero tampoco son demasiado para millones de ahorradores ilusionados… Ahí estaba una pareja cuyo origen oriental era difícil no adivinar; más allá un hombre cuya indumentaria no dejaba lugar a dudas sobre el origen fósil y carácter medioambiental peligroso de su fortuna; más acá una dispar pareja formada por un señor bastante entrado en años y una monumental mujer de no más de veinticinco… y, justo a mi lado, otra curiosa pareja. Estaban en sus asientos cuando yo llegué, eran de mediana edad, sólo se hablaban al oído por lo que me fue imposible concluir cuál era su origen, pero algo llamaba hacia ellos mi atención: ninguna de las veces que les dirigí mi mirada dejaron de tener su manos entrelazadas; la mano derecha de él y la izquierda de ella anudaban cada uno de sus dedos como si a través de ellos se estableciera una especie de conexión cósmica.

La sucesión de composiciones, mayoritariamente de los Strauss, se iba desgranando y mentalmente yo tachaba líneas en ese programa que sabía de memoria. Quedaban pocas piezas y se cernía la amenaza del final de mi sueño. Llegó la interpretación de uno de los compositores “invitados” y la Filarmónica comenzó el pizzicato del ballet Sylvia, de Léo Delibes.

Mi mente comenzó a viajar fuera de la sala del Musikverein. El desenfadado ritmo de la pieza traía al primer plano de mis elucubraciones imágenes diversas: la marejada de olores y sonidos del Nashmarkt; una salchicha aderezada sobre un bollo de pan, recién comprada en un puesto callejero; unos mimos y un anacrónico grupo vestido al uso de los aztecas, tocando y bailando en la Schwarzenbergstrasse; unos “ciegos cantores de Viena” cogidos de sus manos y sus bastones blancos, con impresionante voz cantando a capela en la Kartnerstrasse; una marea de aroma y sabor degustando una Sachertorten en la cafetería del Hotel Sacher, o un casi festivo Tafelspitz frente a la Stephansdom: …

Pero mis divagaciones fueron interrumpidas por el comienzo de la esperada Marcha Redetzky y me entregué como el resto de los presentes a la fusión con la orquesta mediante las palmas.

Sabía que no acababa ahí por más que el programa así lo dijera, sabía que quedaba un bis de sorpresa; pero desconocía cuál sería.

Don Daniel volvió entre una renovada salva de aplausos, llamó la atención de la orquesta con sus brazos abiertos y dio comienzo…

¡Era el vals Sangre vienesa!

Los primeros compases volvieron a lanzarme fuera del recinto. Ahora volaba sobre la ciudad, contemplando la colorida cubierta de la Stephansdom, el majestuoso discurrir de los distintos brazos del Danubio y descendía hasta sus orillas viendo sobre sus verdosas aguas un grupo de cisnes con su casi fantasmal desplazamiento… la noria del Prater parecía acompasar su giro al fluir de las notas y en rápida sucesión pasaban ante mí las fachadas de los imperiales edificios: el Palacio Hofburg, el Museo de Historia Natural, el Palacio de la Ópera, el Burgtheater, el Ayuntamiento, el Kunsthistorisches Museum… y saltaba hasta los verdes jardines y coloridas explanadas del Palacio de Schömbrunn, caminando de la Casa de las Palmeras a la Glorieta y a la Fuente de Neptuno; y transitaba salones y estancias del palacio…

De pronto, una mano enguantada llamó mi atención y volví de mi trance dimensional. La sala estaba ya casi vacía. Me levanté haciendo un leve gesto de agradecimiento al acomodador que me había devuelto a la realidad. Comencé a caminar hacia la salida, pero no pude evitar detenerme y volverme hacia el escenario para dejar en mi memoria una última imagen de aquel marco donde había cumplido mi sueño. Volví a recorrer visualmente las lámparas, las pinturas del techo, los tubos del órgano, el escenario, ahora con el bosque de atriles vacíos… y la sala de butacas, donde llamó mi atención la pareja que había estado sentada a mi lado… allí seguían, apoyada la cabeza de ella sobre el hombro de él y la cabeza de él sobre la de ella… y con sus manos firmemente entrelazadas.

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VENECIA

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La Riva degli Schiavoni recibió mis pasos, abandonado el muelle en el que el vaporetto me había llevado, surcando el Gran Canal. Había madrugado y el sol, a menos de un palmo del horizonte y casi plateado por el velo de una tibia neblina,  acariciaba mi espalda. Me detuve unos instantes entre las columnas de San Marcos y San Teodoro, mirando hacia la laguna que se dibujaba con un verde turquesa plateado aun sólo surcado por unas cuantas góndolas y con la aguja de San Giorgio Maggiore fantasmalmente silueteada por la bruma. Aspiré profundamente y me volví para conducir mis pasos hacia San Marcos. El Palazzo Ducale casi engullía con su rotunda fachada la vereda de la Piazzetta …y los tetrarcas no fueron capaces de saludarme…

Cumplí con el ritual de visitas. La Basílica y su Palla d’Oro, su Galería y sus dorados caballos; cada rincón, cada espacio, con la calma y la delectación de la ausencia de tiempo. El Palazzo Ducale y sus salones. El Museo Correr. El Campanile. La Biblioteca Marciana. El Museo de Arqueología.

El día se había consumido. En la mitad de la jornada, el breve refrigerio en Falciani había alterado un programa en el que el McDonnalds parecía demasiado prosaico y seguramente ya a mi edad poco recomendable para el equilibrio intestinal. El Sol, que había triunfado sobre la bruma a media mañana, sublimaba los dorados de la Basílica y empezaba a alargar las sombras sobre la plaza. Mi plan, el plan, me obligaba a buscar acomodo en una de las mesas de la terraza del Caffé Lavana. Busqué y hallé una mesa libre, en la parte más externa, y en la amarilla consistencia de una de las sillas reposé la ya cansada estructura de mi cuerpo. Los compases del Nocturno para Violín y Piano de Chopin surgían de entre los dedos de dos anónimos tañedores mientras il camarieri anotaba mi comanda… sus últimos acordes coincidieron con el aterrizaje sobre la mesa de mi capuccino.

Las palomas transitaban el suelo de la plaza, iban y venían de las cornisas al suelo, de las baldosas a las farolas. Los soportales de la plaza devoraban y vomitaban figuras que, ya cerrados museos y monumentos, redirigían sus caminos. El ruido de pasos, el murmullo de voces, el aleteo y el zureo de las palomas. desaparecieron en el preciso instante en el que junto con el primer sorbo aspiré el aroma de café y canela… sólo quedó el sonido del violín y el piano, ahora modelando al aire el segundo movimiento de la Sonata N°5 de Beethoven. Miraba hacia el interior de la plaza; oía la melodía; saboreaba los matices del caffé… y en ese momento vi cómo las palomas frente a mí comenzaban a apartarse paulatina y linealmente, como si un ser invisible se hubiera puesto en marcha hacia el centro de la plaza; unos niños que corrían detuvieron sus zancadas para evitar chocar con esa nada que avanzaba… y en el medio, cerca de la Basílica, frente al mástil central, un pequeño torbellino comenzó a girar levantando pequeños papeles y polvo… sólo un instante… y el torbellino paró, los papeles y el polvo cayeron al suelo, el último acorde de la sonata cesó y todas las voces, los zureos y aleteos volvieron a inundar mis sentidos… sobre la mesa, junto a la mía, reposaba una taza vacía…

ANTROPÍA

Demasiada luz.

No consigo enfocar los objetos. ¿Qué digo?, ni siquiera sé si hay objetos que enfocar.

No sé dónde estoy.

Demasiada luz.

¿O demasiada nada?

¿Es la nada todo luz o la luz es ya demasiado todo?

Cerraré los ojos para no ver…

No, no sé si los he cerrado. Al menos he ordenado a mis párpados cubrirlos con su velo. Pero sigo “viendo” la misma luz.

Quiero hablar, pero ni mis pulmones, ni mi tráquea, ni mis cuerdas vocales responden a mis órdenes.

Tal vez esté soñando.

Alto. Sí, soy yo. Soy el que siempre he creído ser. ¿Soy?

A ver. Yo estaba en el metro. Sí. Estaba sentado mirando sin mirar a la gente que transitaba conmigo. Sí, me fijé en unas chicas que iban de fiesta, tal vez, seguro, a una despedida de soltera: unas con gorra de policía y pistola de plástico al cinto y otra con traje a rayas horizontales negras y blancas, gorro a juego y esposas colgando de una muñeca. Polis y cacos. Pero sin correr.

((( ¡¡¡Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén!!! )))

Sí, miraba al finito, digo al infinito, y a la gente, esos acompañantes ¿innecesarios? que tiñen de mediocridad la ¿realidad?

Espera. ¿Fue entonces cuando sentí como si mi cerebro nadara en el interior de la pecera de mi cráneo? ¿Fue entonces cuando empecé a caer por el tobogán de la conciencia?

No. Recuerdo que después del aviso acústico de la parada bajé del tren… pero no, no recuerdo haber salido al exterior. No, entraba en el mesón, me sentaba en la mesa de siempre: cecina, queso, morcilla y generosos tubos de cerveza. El bullicio habitual y la dificultad para seguir el hilo de todas las conversaciones circundantes (cómo no, demasiada gente, demasiado adorno despreciable hablando de intrascendentes bobadas) Yo intentaba integrarme en las charlas inmediatas, en la gente que compartía mi entorno. Veía sus caras y oía sus reflexiones cargadas de estereotipos, articuladas con frases hechas pronunciadas sólo a medias. Peor era lo de al lado, dos señoras estaban despellejando viva a una “amiga” a la que llamaban de todo, incluso “bonita”. De pronto, me entraron unas ganas tremendas de ir al servicio; de ir por irme, no porque tuviera necesidad de evacuar nada aunque todo estuviera haciéndome sentir unas crecientes arcadas mentales.

Sí, fue entonces cuando me levanté, mirando los escasos cien años en cuatro caras que tenía delante, y unos pasos más allá me encerré en el baño. Abrí el grifo del lavabo y mojé con profusión mi cara; eché mano de la toalla de papel, me incorporé y al retirarla contemplé mi rostro en el espejo y vi esa persona de la que no consigo deshacerme desde hace ya demasiado tiempo, esa persona en la que no confío, a la que casi siempre desprecio. ¿Qué hacía yo allí entre tanta gente vacía, hipócrita, ruin y encima mucho más joven que yo?… Seguir la estela de la estrella en la que se estrellaban los afanes de estallar… Pero esa estrella se estrellaba en estallidos extraños, estrambóticos y estrafalarios y danzaba la danza de la panza con maza… Volví a mirar a la superficie del espejo y vi las miles de salpicaduras dejadas por el paso de esa inmunda muestra de la perra especie a la que pertenezco. Sentí ganas de orinar y di gracias por poder soltar el contenido de mi vejiga sin tener que sentarme en la asquerosa superficie de la taza en la que las escurriduras de las esencias líquidas y sólidas dibujaban odas a la podedumbre de mis odiados congéneres, firmadas con esos odiados vellos púbicos que rubrican las obras maestras instiladas por esos necios acompañantes de navegación mundana.

Volví a la soledad en la muchedumbre. Ya no intentaba ninguna integración en conversación alguna; seguía el devenir banal, asintiendo vagamente cuando intuía en una mirada una pretensión de respuesta a alguna aseveración insufrible que no había logrado interpretar… y me refugiaba en la observación de las hileras de diminutas burbujas que mágicamente se formaban en el fondo de mi vaso y ascendían en el líquido dorado hasta la blanca superficie, pidiéndome que acortara el trayecto que tenían que recorrer… y lo seguían haciendo en cada uno de la media docena de tubos que calenté en mis manos… y yo, obediente, me empeñaba en acortar su trayecto.

Pero… después… sí… espera… recuerdo una mirada entre dos personas de las que una no era yo… una salida de una de las dos… una excusa de la otra… y un impulso mío por “tomar el aire”… y una luz… una luz iluminando un muro y construyendo su sombra… y en la sombra dos figuras hechas una… y las burbujas diciéndome “acorta nuestro trayecto”… y la estrella titilando en un cielo que no era mío… y un dolor seco en mis nudillos… y un dolor líquido en mi pómulo… y un ciego vaivén de mis brazos… y un repiqueteo de punzadas en mi vientre, en mi cara, en mi costado… y un rodar entrelazado con un cuerpo que no era el mío… y un cuello apretado por mis manos… y una baranda en el borde del precipicio hacia el río… y el cuchillo del frío del agua… y el inmenso sólido del fondo… y… y… y esta luz que no consigo apagar…

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VESTIDO DE MAR

Por seguir su consejo subí al otero, con el afán de mirar hacia el futuro.

Como siempre hasta ahora, no sé si por mi consustancial ineptitud o porque realmente es imposible, no alcancé a ver rasgo alguno de lo que esté por venir.

Alucinado, miré a mis pies y vi cómo el espacio-tiempo fluía de la nada del futuro a un todo de pasado repleto de detalles de presentes que dejaron de serlo, alimentados de futuros invisibles, tan pronto como adquirieron consistencia.

Contemplé el pasado inmediato, tamizado por los vibrantes sueños que llenaron los tránsitos de jornadas con matices ya olvidados a las jornadas de la agenda y el reloj, y un escalofrío recorrió mi cordura: me asaltó la duda de si el calor sentido en el roce de un cabello al acercar la armonía de un mensaje, no sería la respuesta a recientes preguntas sobre ¿qué hago yo ahora?

Y me quedó el sinsabor de no haber lanzado al lado del futuro algo de esos elementos marchitos, por ver si bajo mis pies se convertía en pasado caramelizado o en cantos de cisne.

Bajé del otero y seguí caminando, ya sin ver el fluir del espacio-tiempo en mis pies. Volví a las veredas habituales, cumpliendo deberes adorados y cruzándome con las líneas vitales habituales y miles de otras nuevas, tan fugaces como siempre; con las manos y los labios repletos, pero serenos. Mas no pude dejar de escuchar en mi cerebro una canción… y me sentí vestido de mar.

CRUCE DE LÍNEAS VITALES

El día va adquiriendo con pereza el nombre cuyo significado le hace antónimo de noche. Prefiero despertar y comenzar las acciones del día en el reino de ésta, antes de que la luminosidad de fuera gane a la que pago de mi bolsillo; pero el horario es el horario y las decisiones sobre sus ajustes no tiene más remedio que acatarlas alguien que, como yo, debe cumplir con determinados márgenes del mismo para poder seguir pagando esa electricidad que es casi como diamante.

La cuchilla se desliza sin demasiado esfuerzo, arrastrada mecánicamente por mi mano, segando el escaso y ralo tapiz de mi faz. Y mientras miro sin mirar, nutriendo así de información a esa parte de mi cerebro que se va a encargar de vigilar el proceso, al margen casi completo de mi Yo consciente, viajo a un lugar desconocido, de ubicación concreta hoy, y seguramente siempre, imposible y te veo triunfar pesadamente sobre el sueño y zafarte del dulce abrazo de Morfeo personificado en esponjoso edredón. Tal vez a esa misma hora, mientras yo paso a los siguientes hitos diarios a golpe de aviso acústico en el móvil, tú vayas cumpliendo los tuyos en parámetros que ignoro.

Hasta hoy no habías ocupado en mi mente más que el pasajero instante en el que los caminos de nuestras respectivas jornadas se cruzan en la calle y, si acaso, los instantes previos, con un “¿nos cruzaremos también hoy?“; y los segundos siguientes, esbozando una irónica sonrisa y diciéndome a mí mismo, “pues, sí, hoy también“.

Y voy llegando al reducido espacio en el que el encuentro ha venido sucediendo. Cuestión de segundos es que el conjunto de pasos dados se acomode al espacio y el tiempo; pero ahí estás, te veo a lo lejos, con la misma cadencia melodiosa… y con la misma aparente indiferencia … esa indiferencia que aumenta su adorno con mirada distraída al otro lado de la calle, al suelo, al escaparate o al cielo ahora que la intersección de trayectos es inminente…

Como siempre, el estallido cuántico en el punto de confluencia de la línea de mi vida  con la tuya no ha sido escuchado por nadie. Sin ojos en el cogote no soy capaz de saber, porque no voy a caer en el fraude de-ser-yo-mismo y volverme para comprobarlo, si al pasar la línea de mi campo de visión te has desmaterializado o sigues el rumbo a la parte de tu vida que no es ese instante difuso de nuestro cotidiano encuentro.

Y ahora me paro un instante y pienso en el infinito fluir de líneas de vida que aquí y allí siguen su rumbo por derroteros diversos, sin que cada uno de los entes que por tales líneas vaga tenga certeza de que el resto de las que con la suya se cruzan sea eso: una vida, o un simple espejismo de su mente, deambulando por el sueño de su propia vida.

Cruce

AUSENCIA DE TODO

Las paredes que les albergaron quedaron sólo en un recuerdo. Ni siquera podía volver a cobijarse en sus dimensiones porque aquel edificio, aquellos ladrillos amontonados en orden, no eran ya más que un amasijo informe mezclado con madera, yeso, cemento y piedra en algún remoto vertedero de escombros.

Su imagen no era más que la sombra imprecisa generada por su mente dolorida. Se había llevado hasta la última de las fotografías que ilustraban aquellos momentos de luz, de viento y mar; de sol tamizado bajo las ramas de pinos, encinas y robles; de cristal, de espejo, de mármol… sólo sombras, nada más que sombras que intentaba sin tino reconstruir en su memoria.

Aquella camisa en cuyo hombro había descansado su faz, había perdido el último resto de su lágrima de despedida y su olor sólo podía ser ya imaginado… estuvo allí, prendido en el tejido de esa prenda que ya no podría vestir y jamás lavaría… pero ya no estaba…

Quedaban aquellos cuatro papeles con sólo breves frases, vibrantes pero breves, y tres largos reproches.. curioso legado de intensos años de pasión y complicidad: dos palabras de amor y cien de reproche. Pero aquellas letras quedaron entre todos los demás papeles y pequeños objetos cargados de recuerdos, guardados en aquel almacén sin seguro que el fuego redujo a cenizas sin compensaciones.

Y quedó durante algún tiempo un mínimo rastro al que se aferró sin límites.

Aquel día que por fin se atrevió, que tragó orgullo y hasta casi vergüenza y marcó su número de teléfono, escuchó su voz. No, no descolgó, no hubo un “hola“. Sabía que lo más probable era que al ver el número en el identificador de llamadas no respondería… pero ahí estaba el mensaje del contestador… aquellas breves palabras modulaban un saludo universalizado que analizó mil veces: no había en su ritmo, en la cadencia de sus sonidos, en su entonación, una alegría desbordante, ni una seriedad absoluta; había serenidad; no era la expresión preocupada de aquel día en el que dijo que había conocido a alguien y no sabía lo que sentía; ni la fría, heladora, del día en que sentenció que se marchaba, que ya no sentía lo mismo de antes y se iba a buscarse… por más que supiera que eran otros los motivos… Pero era su voz, esa que guardaba matices de su declaración apasionada un día de invierno y de tantas veces de “nunca-te-dejaré” y “siempre-estaré-contigo“. Y por todo eso no se cansaba de marcar aquel número y escuchar: “En este momento no te puedo atender. Dime lo que quieres después de la señal y yo te llamaré“. Sabía que era la última persona a la que ese mensaje iba dirigido; pero no era el contenido lo que buscaba sino sólo la voz… y tal vez la remota esperanza de que en alguno de los intentos se escuchara un “hola” o incluso un “¡quieres dejar de llamarme, que no quiero saber nada de ti!

Hoy volvió a marcar.

Sólo quedaba ese mensaje y ahora ya no queda nada.

No ha “saltado el contestador”: al otro lado sólo se ha oído “la compañía le informa que actualmente no existe ninguna línea en servicio con esta numeración

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COMPAÑÍA ANÓNIMA DE VIAJE

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Llegué a la parada del autobús. Como otros días, encontré allí a uno de mis habituales compañeros de madrugón y viaje. Según su costumbre, permanecía de pie, el hombro recostando el peso de su cuerpo sobre el panel iluminado de la marquesina, aprovechando la luz para leer con afán, casi diría que con ansiedad, como si se le estuviera acabando el tiempo. Naturalmente, el sonido de mis tacones llamó su atención y me dedicó su habitual mirada distraída, pero con ese par de décimas de segundo por encima del tiempo que correspondería a una mirada sin esa pizca de interés hormonal que el ligero brillo de sus ojos denota. Le miré de soslayo, como lanzando un saludo a medias y me quedé a ese metro y medio de seguridad y de concesión de perspectiva; sí, la suficiente para que, añadiendo la invitación de mi distraída búsqueda de los auriculares, pudiera hacer el breve alto en la lectura para revisarme furtivamente. Me encanta sentir que lo hace de esa forma que parece decir “un pequeño paréntesis para regalarme dos o tres segundos de subidón”.

Es obvio que mi compañero de viaje es celoso del respeto a los turnos: cede amablemente el paso a quien hubiera llegado a la parada antes que él, pero se le ve rezongar, incluso se le oye murmurar quejas despectivas hacia esas típicas señoras que llegan a la parada momentos antes de la llegada del autobús y se apresuran a subir por delante de todos los que llevan aguantada la espera.

Una vez en el autobús y ya sentado, mi compañero de viaje se hunde en los mares de letras y sólo ocasionalmente levanta la vista para acariciar con ella mi perfil, un par de asientos más adelante: siento esa mirada aunque no la vea y la siento como una caricia; pero sé que prefiere seguir leyendo a recrearse en exceso, ni siquiera lo hace cuando pícaramente me siento  frente a él y cruzo las piernas con la intención de que muestren buena parte de su longitud… él mira, claro; sé que sabe que sé que lo hace; pero sé que lo que lee es para él más importante que una dudosa insinuación; porque sé que él sabe que no lo hago más que por una especie de vanidoso exhibicionismo, como un juego: envido a chica sabiendo que nadie las va a querer.

Su última mirada es siempre a través de la ventanilla, nuevamente una fugaz despedida mientras él sigue su viaje y yo, fuera ya del autobús, adorno mis pasos con toda la gracilidad de la que soy capaz y dejo a mis caderas que pronuncien un hasta mañana a la misma hora en el mismo sitio y para el mismo tránsito fugaz.

PESQUISAS INFRUCTUOSAS DE UN OSCURO HABITANTE DEL TIEMPO

La pulsante luminaria de la cima de la Tour Eiffel me recibió aquella primera noche, sólo unos minutos antes de que los juegos dorados de las miles de bombillas que la dibujaban festejaran la noche. Allí estaba yo en el Campo de Marte, azabache interior sobe azabache rasgado por mil brillos estrellados.

Busqué en la mañana, transitando las Tullerías. Llegué hasta l’Arc de Triomphe du Carrousel… el tiempo se trianguló piramidalmente… buceé en el subsuelo de aquel Louvre licantrópico y no hallé más que los años de la Historia. Pregunté a Tuthankamon, a la Niké de Samotracia… ¡No sabían nada!… Atenea me susuró algo en su griego ático que fui incapaz de interpretar y me sentí como Marsías. Afrodita de MIlo sí lo sabía; pero me dijo un “se fue por allí” imposible de interpretar…

Busqué en la tarde lánguida, corriendo apresudarado de Les Invalides a Montmartre, pero allí sólo alcancé la estela de un tubo de óleo amarillo, repentinamente acabada al llegar a l’Auverge de la Bonne Franquette… Rien à faire!

Me senté en la terraza de Le Ceni’s, lamentando sobre un café au lait la infructuosa pesquisa… un inmenso gato plateado, tumbado sobre una mesa, miró mis ojos y ronroneó: “estuvo; mas no contigo… está sin ti… estás en un tiempo que no es el tiempo de ser feliz“.

Allá abajo se vislumbra la Concorde, al final des Champs Elysées… yo, aquí, bajo l’Arc de la Défaite.

…”Le père et le fils font de la gymnastique sur la balustrade…

… la vie en rose

… La Rochefoucauld

… Au revoir, Réné…

¿Descartes?…

No, no descarto nada… porque pienso, luego existo…

MIAU

PERSEGUIDO… ABRAZADO

Hace unos días que alguien me sigue. La primera vez que tuve la sospecha caminaba por la calle sin rumbo. Me detuve a mirar un escaparate y al ir a reemprender la marcha me llamó la atención una figura parada en mitad de la acera, a lo lejos. Durante unos segundos, permanecí mirando en su dirección, como si algo imantara mi mirada. Sentí como si la punta helada de un cuchillo recorriera mi espalda de arriba abajo. Continué mi camino; pero a los nueve o diez pasos no pude resistir el impulso y volví la vista atrás… la figura había desaparecido. Caminé unos pasos más; pero el sordo dolor de mis tripas, siempre acompañándome, se intensificó especialmente tras no más de dos manzanas. Era como si todo mi aparato digestivo se contrajera a la vez; y, como si fuera una naranja sometida a presión, terminé derramando el jugo de mi estómago entre dos coches aparcados. Una manzanilla en un bar próximo mitigó el mal sabor de boca.

*****

Pasaron un par de días y aquel episodio se me había olvidado por completo; pero aquella situación volvió de golpe a mi mente, acompañada de un estremecimiento, cuando, en el andén del metro, en el momento en el que el tren hacía su entrada en la estación, observé la misma figura, mirando hacia donde yo estaba, al otro extremo del andén. Dudé por un instante, miré hacia el vagón y volví a mirar en dirección a la figura… ya no estaba. Pensé que habría subido al tren y yo, en el último instante, conseguí hacerlo entre las dos hojas de la puerta que ya se cerraba. Recorrí el tren hasta el otro extremo en busca de mi perseguidor; pero no lo vi… Sin embargo, al llegar a mi estación, mientras el tren recorría el andén aminorando la marcha, volví a verla. Era imposible, no había subido y no podía saber adónde me dirigía. Me pareció eterno el tiempo que el tren tardó en parar y abrir sus puertas, bajé apresurado y empecé a correr entre la gente que dificultaba mi camino hacia el extremo del andén en el que estaba aquella figura… pero cuando llegué ya no estaba; tal vez había subido a la superficie y me esperaba escondido en algún lugar. Subí mirando hacia todas partes. Llegué al vestíbulo y fui resuelto a mirar tras las máquinas expendedoras y en el recodo del pasillo hacia la otra salida: nada. Mi actitud llamó la atención del vigilante de seguridad.

– ¿Le sucede algo, señor?

– Eeeh, no… buscaba a alguien – le respondí

– ¿Alguien escondido?

– Bueno, sí, tal vez.

– Yo he estado aquí desde hace un buen rato y no he visto esconderse a nadie. ¿Cómo es?

En ese instante me di cuenta de que no era capaz de describir la figura. Era consciente de su corporeidad; pero no sabría decir si era hombre o mujer, si iba vestido o vestida de alguna manera especial; ningún detalle…

– No sé. Bueno. Había quedado con un amigo y al no verle pensé que se habría escondido para gastarme una broma – dije, intentando finalizar con aquel vigilante una conversación que había dejado de tener sentido.

Llegué a casa con una extraña sensación de inseguridad. Sin embargo, en cuanto percibí el calor del interior de mi refugio, me calmé. Una calma tan relativa como siempre; una calma acompañada de mis sempiternas molestias intestinales, últimamente empeñadas, con especial intensidad, en recordarme su existencia.

Me desvestí y me preparé un café bien caliente. Con la taza entre mis manos me acerqué a la ventana para saborearlo mientras contemplaba el exterior. Por un momento, sentí la paz de saberme guarecido en mi reducto mientras, fuera, el frío y la oscuridad se iban adueñando del barrio. Tras unos sorbos, me vino a la memoria una de las ideas que durante la mañana en el trabajo me habían sugerido un punto de partida para una nueva historia; tenía que ponerme a escribir. Di un nuevo sorbo al café y eché un último vistazo a la calle… la taza se desplomó, haciéndose añicos al impactar contra el suelo, esparciendo el café por todas partes… ¡allí estaba!… otra vez esa figura, bajo la farola, mirando hacia mi ventana… si era algún maldito periodista, iba a saber cómo podía gastármelas… corrí hacia el cajón donde guardo mi cámara, nerviosamente le coloqué el teleobjetivo, volví a la ventana; allí seguía; comencé impaciente el ritual de pulsaciones a los botones que prepararan una cámara que llevaba dormida al menos un mes; miré el display: todo correcto; apunté el objetivo, moví el zoom, y disparé, y disparé, y disparé… Bajé la cámara y volví a mirar hacia la figura; ya no estaba. Es igual, pensé, ya te tengo en mi tarjeta SD, con una resolución de 14 megapíxeles. Quería verlo en condiciones, así es que saqué la tarjeta y la introduje en la ranura del PC. Apareció la lista de archivos en el monitor, hice doble clic en el archivo de la primera imagen y el visor me devolvió una perfecta y nítida instantánea, con todo lujo de detalles… del suelo de la acera junto a la farola… ¡imposible!. Seguí abriendo, una y otra vez, las cinco capturas… el encuadre era correcto; pero la figura no estaba.

Mis intestinos me recordaron que era un ser vivo con necesidades fisiológicas… y más que recordármelo me lo gritaron, porque tuve que salir corriendo hasta el trono de porcelana… por un momento me pareció que se me iba a derramar todo mi interior… aquello era un caño de agua; sucia; pero agua… Los retortijones hacían que todo mi abdomen pareciera estar siendo amasado por las manos de un gigante… un frío intenso comenzó a trepar por mi espalda, llegó a mi nuca y recorrió mi cabeza… mi vista comenzó a nublarse y un millar de puntos luminosos empezaron a danzar delante de mí…

Me desperté en el suelo del baño. Un repugnante olor me envolvía. Me senté. Tenía el pantalón del pijama por los tobillos y la piel de mis nalgas tocaba directamente el suelo. Me incorporé pesadamente. Era evidente que ese nauseabundo olor procedía del retrete, en cuyo fondo aparecía un oscuro cargamento. Presioné el pulsador y el agua de la cisterna se encargó de llevarse por los desagües el origen de aquel “aroma”. Puse en marcha a toda su potencia el extractor de aire y me metí bajo la lluvia templada de la ducha.

Estaba ya enfundado en el albornoz. Me dirigí a la cocina para prepararme un desayuno. Pero no tenía ganas de comer nada, así es que me calenté un café y, como de costumbre, me acerqué a la ventana para tomármelo. El día había amanecido con una leve bruma que confería al ambiente esa luminosidad mortecina que tanto me gusta. Sólo ese sempiterno y sordo pinchazo en el bajo vientre limitaba la tranquilidad de aquel instante. De pronto, me di cuenta. Estaba plantado en el mismo lugar que la noche anterior, junto a la ventana, pero en el suelo no había rastro de taza ni de café desparramado. Fui a la cocina, conté las tazas de la alhacena… faltaba una. Tuve que apoyarme en el refrigerador. Contuve un momento la respiración para aminorar mi ansiedad. Ya calmado, apuré el café, enjuagué levemente la taza y me dispuse a introducirla en el lavavajillas… dentro, en el lugar correcto, estaba la taza que completaba el menaje… Tal vez todo había sido un sueño.

Pasé el día, un día festivo, relativamente tranquilo. Viajé por mis mundos intransferibles, escribí, leí y disfruté de una película. Casi me olvidé por completo del sueño, o de lo que fuera; pero no pude olvidarme, claro, del variopinto muestrario de molestias de ese paquete que transporto debajo de mis pulmones.

El día siguiente comenzó con la normalidad rutinaria del sonido de la alarma del móvil, el cansino y dolorido movimiento de mi cuerpo para salir de la cama, la ducha, el café junto a la ventana, la salida de casa, el camino hasta la parada del autobús, la espera leyendo en mi libro electrónico, el tránsito hasta el trabajo y los ires y venires; dimes y diretes de una jornada laboral sin demasiadas circunstancias reseñables. Pero la rutina de una jornada de diario se truncó en el viaje de vuelta. El autobús llegaba calle abajo y tuve que (¿tuve que?) correr para evitar una espera de veinte minutos. Subí jadeante, pasé el abono y me senté casi sin aliento. Aún con la respiración dificultosa me dispuse a comenzar mi lectura. El autobús llegó a la siguiente parada. Despreocupadamente alcé la vista de las líneas dibujadas por la tinta electrónica… aun necesitando más aire, mi respiración se detuvo: allí en la parada estaba la figura que me perseguía,  quieta, mirándome a través de los cristales. El autobús arrancó, volví mi vista hacia la parada; pero la figura ya no estaba. No sabía hacia dónde mirar, era evidente que la figura no había subido al autobús. ¿Cómo había desparecido?. Siguiente parada: otra vez la figura… y así una detrás de otra todas y cada una de las paradas… excepto la que esperaba mis pies. Bajé aturdido, mirando a un lado y otro de la calle. Nada, la figura no estaba por ninguna parte. ¿Y es que debería estar?. Empezaba a confirmar mis sospechas de que todo era fruto de una alucinación; pero ¿por qué?.

Entré en el ascensor de casa doblado por el punzante dolor que se había apoderado de mis tripas; mientras las puertas comenzaban a cerrarse, miré al frente: allí, al otro lado de la cristalera de la puerta del edificio, estaba mi figura perseguidora. Los pinchazos de mis intestinos y un creciente mareo dificultaban la maniobra de introducir la llave en la cerradura; pero al fin, el calor del hogar me engulló. Cerré impulsivamente el sistema de seguridad de la puerta y sin quitarme el abrigo me tumbé en el suelo, abrazando mis piernas. El dolor era creciente y sentía algo que tal vez podía definirse como pavor. Pasaron unos minutos. El dolor aumentaba. Me incorporé por etapas; pero nada más plantarme de pie tuve que salir corriendo hacia el baño: no llegué; en la puerta, mi boca se convirtió en una especie de manguera que expulsaba con violencia lo que parecían mis propias tripas. Llegué junto al retrete; pero parecía que ya no quedaba nada que echar… pero sí, si quedaba, una nueva bocanada chapoteó en el agua depositada… y otra más… Al fin parecía que llegaba la calma, pero una nueva arcada terminó con mi consciencia, todo se puso negro…

Mis ojos se entreabrieron. Estaba en el suelo del baño. Volví a cerrarlos, Estaba completamente derrotado, no podía moverme. Recordé que había estado vomitando… y me lo recordaron mis intestinos, aún doloridos, y mi boca, con un mal sabor insoportable. Debía de haberme levantado instintivamente para ducharme y tal vez no había cerrado el grifo, porque sentía que el suelo a mi alrededor estaba mojado. Sí, el agua debía de estar empapando todo a mi alrededor. Palpé el suelo y sentí en mi mano la humedad líquida. Abrí de nuevo los ojos… mi mano se presentaba ante ellos completamente roja… no, no era agua. Me senté en el suelo con dificultad, estaba en un charco de sangre… había vomitado sangre… y ésta debía de haber salido no solo por la boca…

Sentí una angustia nunca sentida con la misma intensidad; una angustia que superaba con creces el dolor de mis intestinos… y de pronto, percibí una mano en mi hombro.

Antes de que pudiera volver la cabeza, todo volvió a nublarse y noté cómo mi cuerpo se escurría.

El dolor me despertó; era insoportable, parecía que todo mi ser iba a estallar. Una voz envolvió mis sentidos. Sí, mis sentidos. Porque era una voz que no sólo se oía; era capaz de olerla; podía sentirla como si la tocara…

– Ya está. Tranquilo. Todo está a punto – sonaba como una melodía.

Noté cómo flotaba desde el baño hasta la cama, cómo era depositado sobre las sábanas…

*****

He abierto los ojos un momento, lo suficiente para ver ante mí la figura… Sé que esa figura ha sido la que me ha trasladado a la cama… sé que es la que me ha venido persiguiendo estos últimos días; la que estaba en la calle, bajo la farola, en las paradas de autobús… y la que ha pronunciado esas palabras olorosas, tersas. sabrosas…

“Tranquilo.”

“Todo está a punto”.

Y la que ahora me dice “Se acabó”, mientras avanza, como marcándome el camino, hacia una intensa luz…

etreum

INOCENCIA O ESTUPIDEZ

Cumpleaños. No sé por qué lo llaman así si sólo se cumple uno. Me han regalado un libro: Galopín se titula. Me gusta el olor de los libros nuevos y el tacto de su forma; palpo sus bordes y siento la línea de sus cantos aún inmaculados. He pasado la palma de mi mano por su portada, como pidiéndole permiso para romper su barrera y he leído sus primeras líneas. Pero mis amigos me están llamando para salir a jugar. Cogeré mi bicicleta y me iré con ellos a estrenar mis once años recién cumplidos, pero esta noche, antes de dormir, volveré a mi nuevo libro.

… ___ …

No puedo leer. Estoy especialmente nervioso. No puedo dejar de mirar su mensaje y asomarme a la ventana mirando hacia la suya, allí, a más de cien metros, imaginando una presencia de la que sólo la luz es indicio. Esta tarde, en el jardín de su casa, se ha acercado y disimulando ante el resto de amigos me ha dado un papel… un gran corazón rojo atravesado por una flecha y un “te quiero”.  Galopín, de momento, va a ser sólo baúl en el que guardar el tesoro: papel entre papel.

…___…

No puedo leer. Y no puedo frenar las lágrimas. Creo que mis sollozos van a ser escuchados a pesar de que me he cubierto completamente por la ropa de la cama. Galopín guarda una nota que hoy es mentira. Otro de mis amigos tiene una nota de la misma mano, más reciente.

*****

No puedo leer, Cañones y Velas se me resiste. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de aquel autobús alejándose. No fui capaz de romper las ataduras de mi lengua. No terminé de ver ningún brillo que confirmara que mi pregunta tendría una respuesta positiva. Tengo que conformarme, otra vez más, con el recuerdo de una tarde agradable, con la siempre enriquecedora charla que fluye entre ambos, profundizando en mil detalles sobre conceptos coincidentes de las materias que vamos navegando en nuestros respectivos cursos. Lo lamentable es que nuestras Facultades no se encuentren en la misma Universidad y la distancia dificulte nuestros encuentros.

*****

No puedo leer otra vez su carta. Esta vez no hay más horizonte. A sus veintidós años (los mismo que los míos) ha entregado su vida a poderes con los que mi derrota es segura… no porque sean físicamente más fuertes, sino porque su fuerza procede del convencimiento de quienes no creen en su inexistencia.

*****

No puedo leer. Guerreros y Campesinos se quedará en la primera lectura, la de hace cuatro años; quería volver a sentir aquello que tanta huella dejó; pero no puedo seguir porque no puedo dejar de suspirar buscando un aire que paradójicamente, cuanto más aspiro peor me hace sentir. Vencí las barreras que amordazaban mi voz y confesé mis sentimientos; pero ella, no queriendo decir un no vejatorio, se conformó con un “no por el momento” que es evidente será un “no, nunca”… Debo seguir concentrándome en el trabajo en la medida que esta angustia me lo permita.

*****

No puedo leer. Soy incapaz de concentrarme. Esa mujer estremece mi ser entero… y no sé si es pasión, si  es miedo o un embrujo que retuerce mis sentidos.

…___…

No puedo leer. No consigo pasar de las primeras páginas. Presiento que el Péndulo de Foucault terminará subyugándome y se convertirá en unos de mis preferidos; pero la tensión acumulada no me permite avanzar. Mi ser es una mezcla de tristeza, de angustia, de ira contenida, de desengaño, de desmoralización, de desesperación.  Me acerco a la treintena y aún no he tenido tiempo de ver la vida… y sólo me ata a ella otra nueva vida.

…___…

No puedo leer. Pensé que tal vez a la tercera iría la vencida; pero hoy nuevamente he sido incapaz de pasar de la veintena de páginas. Parece que los tres años transcurridos no van a ser suficientes para apartar su sombra de mi presente, después de haber inundado mi pasado de lodo. No, no puedo leer y es que este ser parece rimar especialmente con el título de Los Versos Satánicos.

*****

No puedo leer. Tengo que parar cada dos por tres. Y es que  El Perfume me está raptando y envolviendo en sensaciones sensoriales, entre las que el olfato no es precisamente la menor; pero justamente por eso, no puedo dejar de recrear con cada línea leída el olor, el tacto, el sabor, la melodía de la voz y la imagen de la sonrisa de quien me ha prestado el libro y una esperanza.

…___…

No puedo leer. Tengo que hacer otro alto. Los pilares de la Tierra me hace pasar por largos ratos de frenética y casi ansiosa lectura; pero no puedo dejar de pensar simultáneamente que la esperanza se marchita. Ella nunca dijo que quisiera cambiar  sus circunstancias, cierto; pero tal vez dejó demasiado campo abierto para que mi anhelo vagara sin cadena. Y siento que volveré a mi celda de más de treinta años de condena.

*****

No puedo leer. Porque no puedo dejar dejar de mirarla. El Médico se llena de arena mientras mis ojos miran furtivos su cuerpo o se duermen en los suyos. Los Pilares de la Tierra llegó a su última página y una brisa ondeante vino a compartir sus líneas y, después, a quedarse. Y preferiría no poder leer ya jamás; pero tener sus ojos siempre con el mismo brillo frente a los míos.

…___…

No puedo leer. La Isla Inaudita me trae el recuerdo de luz, de olor y de sonidos de un marco en el que fui casi feliz. Y eso me acuchilla el alma porque es ya un puro pasado sin retorno. La brisa huyó a acariciar otras páginas; los ojos dejaron de brillar ante los míos y esa leve mordedura nerviosa del interior de los labios preludió su adiós…

***** …___… *****

No puedo leer. Una de las auxiliares del primer turno me ha ayudado a salir de la cama, me ha sentado en la silla de ruedas y me ha dejado aquí, en la terraza, con mi libro y el horizonte. Mi propósito era leer mi último libro: por fin la recopilación de poemas que siempre intenté y nunca logré concluir y del que no espero, porque no es el objetivo ni mucho menos, el éxito de alguno de los publicados. Pero esta especial luz de hoy lleva mi mente a otros pagos. Parece mentira haber llegado a los ochenta años después de algunos de los problemas de salud padecidos. Es curioso que las piernas no me respondan como el cerebro, que extrañamente sigue manteniendo frescos infinidad de recuerdos… lo cual es lamentable. Sí, es lamentable porque ninguno de mis recuerdos me produce sensaciones positivas. Si brotan recuerdos de situaciones tristes, dramáticas o, incluso, trágicas, vuelvo a experimentar las mismas angustias, los mismos lamentos, el mismo dolor que en aquel momento. Pero igualmente, la angustia, la ansiedad por lo perdido, la tristeza por lo que fue y dejó de ser, por no experimentar las sensaciones positivas pasadas, me invaden al recordar lo bueno sucedido.

Tal vez la clave esté en mi actitud hacia la vida, en mis criterios, en mis actitudes ante los compromisos….

Reflexiono sobre las razones. Uno de mis yoes, el que se cree más seguro del yo mismo que no es, me llama cobarde, blando, pusilánime, y responsabiliza de mis fracasos a no haber sabido decir en los momentos adecuados lo que debería haber dicho… o incluso gritado; a no haber sabido leer, hasta demasiado tarde, la verdadera personalidad de aquellos en quienes confiaba… y de haber confiado demasiado. Ese mismo yo que se arrepiente de haberse mantenido firme en sus compromisos a pesar del incumplimiento de los mismos por quienes habían sido parte del contrato.

Siento que he sido una aspiración a todo y una realidad de nada. He actuado con simpleza, creyendo que lo hacía con bondad… y se me ha quedado cara de tonto.

Por querer hacer de mi vida algo bajo control… sin darme cuenta de que en realidad la vida es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar”.

UN DÍA DE INVIERNO

Burgos. Catedral entre ramas nevadas

Adoro este frío.

Esta ciudad me aporta casi todos los elementos que me hacen la vida un poco más agradable.

Los primeros pasos de Noviembre y, en cualquier caso, los de Diciembre, suelen traer, además del frío, las sucesivas sábanas de nieve que arropan los tejados, los jardines, los paseos…

Como tantos días del final del otoño y del invierno he apurado las acciones del inicio del día para salir a pasear bien temprano. Me he echado al coleto el último sorbo del café del desayuno antes de las nueve, me he enfundado el percal de mi ya ajado abrigo, y me he liado al cuello la bufanda que me tejió mi prima para mi cumpleaños. Bajando las escaleras, me he acomodado el bombín, procurando darle la inclinación adecuada y cuidando de no descolocar la verticalidad de mis orejas, y, finalmente, antes de abrir el portal, me he enfundado los guantes (tengo que decirle a mi tía que le haga un remiendo al derecho, porque el descosido es ya demasiado grande entre el pulgar y el índice) y en el primer contacto con el aire exterior he ajustado los espacios interdigitales con un movimiento sereno pero firme; me he subido las solapas del abrigo y comenzado a caminar atravesando la nube de vaho que mi resoplido ha generado en el aire frente a mí.

El Arlanzón baja aún líquido, lamiendo unas orillas completamente blancas. El cuartel de Caballería a mi izquierda se me antoja un fogón calentado por los cientos de acémilas que se desperezan y cuyos relinchos y resuellos llegan hasta la calle… no he podido evitarlo y ante el gesto torcido del centinela de la puerta he asomado la vista vislumbrando el patio donde un precioso jerezano blanco piafaba ante su domador mientras ambos humeaban su transpiración a la gélida mañana.

Cruzar el Puente de San Pablo, camino del Teatro Principal, me evoca siempre la gesta cidiana. No sé, pienso que no adornaría mejor este punto de la ciudad que una escultura de Don Rodrigo Díaz; creo que mejor ecuestre, por hacer honor a Babieca, y aún mejor si blandiera la Tizona en actitud resuelta, marcando a los suyos el camino del injusto destierro… y a los suyos los colocaría, eternizados en piedra en cada uno de los arcos del puente… sin duda hoy Alvar Fáñez o Martín Antolínez velarían su faz con la fina capa de nieve que cubre el pretil del puente; pero ahí estarían, anunciando la partida cargada de honra de su señor campeador. Quizás algún futuro alcalde sepa adornar este rincón con las imágenes de la epopeya…

El Teatro Principal siempre suena cuando paso ante él… será que mi cabeza recrea las veladas en sus butacas, disfrutando de una zarzuela o un concierto, cuando los pudientes eras otros que los parcos reales que hoy medio me sostienen…

La castañera despereza su hornillo y parece decidida a vencer la humedad ambiental dándole yesca al invento para ofrecer sus pequeños consuelos calientes (uno no sabe si lo que paga es la media docena de castañas asadas o el rato de proximidad al carbón ardiente… pero aún le queda un largo rato para que merezca la pena acercarse.

Paseo del Espolón… blanco suelo flanqueado por un entramado de plátanos desnudos, ribeteados por la nieve…. y a veinte pasos ante mí, al final de un reguero de huellas de chapines y el lamido de los pliegues de su capa (máculas de la casi virginal sábana blanca) la vi caminando despacio, paseando su porte señorial. Me percaté de la presencia de un par de individuos que  sin duda no paseaban, sino que velaban por la seguridad de la dama… Seguí caminando, creía que al mismo paso; pero sin duda lo aceleré imperceptiblemente para mi consciencia… ella parecía recrearse en sus pasos, que ya podía escuchar sobre la nieve… No tuve tiempo para llegar a responder mi propia pregunta sobre si decirme a alcanzarla, saludarla e iniciar con ella una amable charla… Sí, creía conocer bien ese porte, ese palmito; su espalda, la compostura de sus hombros bajo la capa, su tocado, adivinado bajo el sombrero, la cadencia de sus movimientos… sí, era sin duda mi sueño inalcanzable, demasiada aristocracia en su joven persona para un miserable como yo… La doncella, que la alcanzó corriendo, con un cucurucho de churros en la mano, cortó cualquier posible intención… Bajé la cadencia de mi paso y continué a unos veinte de ella hasta el Arco de Santa María; allí, mientras su cortejo se adentraba en la Plaza Mayor, sin duda rumbo a alguno de los negocios de modistas o quién sabe, yo seguí caminando, con el Arlanzón acompañándome a mi izquierda, hasta el Espolón.

Unos minutos en la proa de la ciudad, con el aire gélido esculpiendo los surcos de mi faz, la mirada en el infinito y el pensamiento en el pasado, siempre mejor; el presente, siempre malo; y el futuro, cada vez menos esperanzador. Unos minutos y la resolución de girarme y correr en busca de esa efigie fugaz… Pero el seso se conforma con la nada cuando la nada tiene para ofrecer, y la imagen de mí mismo corriendo sobre la nieve y alcanzándola en los soportales de la Plaza Mayor para confesarle lo que mi alma siente desde que la vi por vez primera, se quedó en eso, en imagen…

Largo rato después, con la cara acartonada por el frío, las orejas a punto de romperse y los huesos congelados, reanudé los movimientos que no debería haber detenido. Volví sobre mis pasos, entré en la Plaza Mayor por el Arco de Santa María y me dirigí hacia Capitanía. Me topé con el recién inaugurado Café España, entré, pedí un manchado y me senté. Sobre el mármol de la mesa desplegué el Diario y transité por las líneas impresas sin más atención que la de la mosca que se afanaba con los granos de azúcar caídos entre ellas…

 

ELLA

Decididamente, soy dueña de mí misma.

Me siento más fuerte que en ningún otro momento de mi vida. Es, casi, como si fuera la dueña del Mundo, la diosa que decide lo que sucede, lo que es bueno y malo; lo que está bien y lo que está mal.

Hoy me he apeado de mis sueños, despertando a un día que luce como ninguno antes. Me he estirado en la cama, bajo el amoroso abrazo del edredón y he acariciado todo mi cuerpo, sin más intención que la de sentirme a mí misma. Me he levantado con toda la calma que me da el horizonte de un día sin compromisos y he dado los pasos necesarios para llegar al baño. Aliviar mi vejiga, repleta tras la noche, ha tenido, como algunas otras ocasiones, la percepción casi erótica de la vinculación de la evacuación con los pliegues y terminaciones nerviosas del centro último de mi feminidad. La ducha , breve, pero intensa, me ha transportado durante unos segundos a los instantes de sueño vividos minutos antes… y mientras el agua atomizada impactaba en millones de minúsculas gotas sobre mi rostro, he vuelto a ver las escenas de un sueño tranquilo, apacible, soberbio… El “¡clin!” del microondas al finalizar su función me ha llevado a la oleada de calma que el olor del café con leche recién calentado me aporta casi siempre. He consumido pausadamente mi tostada integral con margarina rica en Omega 3 y mi mermelada light, mientras revisaba una vez más el Vogue del mes. Luego, con la calma del tiempo estirado por la ausencia de prisa alguna, me he apostado ante el espejo del baño, con las portezuelas y cajas abiertas mostrándome el abanico de posibilidades de color y textura de mi batería de maquillajes, mascarillas, tintes y demás aditamentos modeladores de la estética de mi ser material. Una esmerada sesión de no más de veinte minutos y estaba dispuesta para completar la ceremonia con la incorporación sobre mi piel de los tejidos que envolverían me cuerpo.

Me he puesto en contacto con la calle, con un aire fresco que ha acariciado mi rostro y me ha hecho sentir una reacción inevitable debajo de mi blusa, obligándome a cerrar la cazadora. He caminado con resolución, sintiendo las miradas lascivas de unos y envidiosas de otras y he experimentado el convencimiento de estar sublime sin interrupción, cual era, sin duda, mi propósito. Mientras caminaba, sentía la fortaleza de haber subyugado la voluntad y los sentimientos de ese puñado de seres con más carne en la entrepierna de la que concibo soportable, de esos sensiblones que piensan con, precisamente, ese exceso de carne; esos que con su “mente” han muerto por mis huesos, mi piel y, sobre todo, mis molduras… esos a los que he tenido a mi lado, he utilizado en la medida de mis necesidades y he terminado apartando de mi vida. Nada hace sentir más fortaleza que el dominio sobre los sentimientos de los demás, y yo soy dueña de parcelas de los sentimientos de más de uno. No puedo evitar esbozar una socarrona sonrisa recordando esas cartas, esas notas manuscritas, esos sms, esos whatsapp, y esas expresiones por teléfono en las que esos peleles lamentan “haberme perdido” y parecen vagar por los pagos de la desesperanza, a punto de cortarse las venas… o dejárselas largas. ¡Pobrecitos!, sufren… pero lo bueno es que sufren por mí. Y yo camino y me digo “¿¡Y a mi qué más me da!?, vuelvo a ser yo, señora de mí misma, sin tributos sentimentales para nadie… sólo para quien me parezca y para lo que me parezca…

— *** —

VUELTAS A SEIS MIL KILÓMETROS POR MESES

Gotea el infierno.

No sé cómo esculpir cielos sin tierras, ni tierras sin nadie.

Las nubes no existen porque sólo hay una que envuelve el horizonte, una nube gris oscuro que hace que límites de kilómetros se hagan paredes de una estancia colindante.

Se me hace difícil concretar en mi mente la relación entre la hora de ahora y la luz que transpira la nube que da color a mi vida.

Estoy demasiado lejos. Casi no hay más lejos con vida.

Hasta hace unos días el orden de pasos del día se acomodaba a una realidad ecuánime. Hoy no sé si quiero volver o quedarme eternamente en esta antesala del infierno. Aquí suena mejor la música y sabe mejor todo. ¿Qué son los proyectos prendidos de promesas eternas? ¿Qué sería de la Historia si siempre se hubieran respetado los tratados?

No, no quiero volver y no hay más remedio.

Tendré que hablar… y lo peor es que no hará falta que hable, porque lo verá todo con sólo mirarme.

Da igual, no hay más, ¡que zurzan al tiempo, a la vida y a sus habitantes!.

NOCHEBUENA, NOCHE BUENA, NOCHE NUEVA

Tal vez fue la última vez que compartieron plenamente sus cuerpos… o tal vez la primera en la que ya no los compartían plenamente.

… y eso que los momentos anteriores fueron una sinfonía de no sé qué huida de ellos mismos; como si aquella Nochebuena una marejada de espacio-tiempo estuviera envolviendo los pliegues de su historia y preludiando el fin que llegaría irremediablemente.

La cena en familia había calentado los motores de la sangre. El hígado había dejado de sintetizar etanol y éste llegaba a la sangre y al cerebro con generosidad; de modo que pronto alcanzaron ese punto en el que las escaleras se subían con facilidad y las bolas de billar se multiplicaban ante los ojos.

Era ese año en el que todo debía haber acabado, a tenor de la magufería ignorante; pero que era a la vez una prórroga, o mejor una tierra de nadie en los márgenes de un siglo, iniciado para unos; por venir para otros: más pliegues del tiempo (por imposición que no por razón)

Sin cómo ni por qué seis figuras pasadas de tiempo quedaron en una estructura cargada de tiempo. Una chimenea mataba los grados de fuera y los grados de dentro mataban la consciencia de las figuras. Música. Imposibles ligazones de figuras. Dos de ellas unidas por la goma de seis años de intensidad y de fuerza… las restantes por nada y de ellas dos con imposible ligazón si no era contraviniendo las leyes.

Las miradas vagaban, las conversaciones se modulaban en grupos de dos a cuatro, de tres a tres de uno a uno en tres grupos distintos y no necesariamente armonizados por las razones. Para algunos, las inhibiciones caídas llegaban sólo a las frases con segundos o terceros dobleces significativos, manteniéndose fuertes otras inhibiciones; para otros, tal vez más desinhibidos habitualmente, o ya deshinibidos hasta ese grado, el cuerpo les pedía movimiento… de momento al menos sólo a los acordes de la música exterior por más que la sensualidad desbordara en las aproximaciones.

__ … ___

Ellos prefirieron quedarse. Los otros cuatro empujaron la noche a una nueva travesía por el frío externo… por acompañarse mutuamente a los rediles respectivos o para transitar una última andanada etílica. Pero ellos se quedaron.

Normalmente, al menos hasta entonces, no les hacía falta bajar barreras con momentos deshinibidores porque su sola proximidad encendía los resortes. Pero aquella noche había llevado los decibelios de los gritos de sus esencias animales a extremos ensordecedores y los hálitos conscientes, entregados a los sentidos y a los sentimientos, les conminaban a trenzar sus pieles y tañer los instrumentos de sus cuerpos en la sinfonía que modulaba sus almas.

Y fue la versión más prolongada de la sinfonía. Los tempos, los silencios… nuevos movimientos in piano, in pianissimo… acá una floritura in allegro; allá un intrépido scherzo… el ritmo siempre acompasado, la melodía imbricada… plena armonía sin necesidad de batuta. Y las formas corales en los puntos oportunos de la composición que iban orquestando.

Una marea de sensaciones, casi eterna, con dos preguntas y una y media respuestas… y tal vez preguntas y respuestas escuchadas, o mejor almacenadas, sólo por uno de los dos.

La onda expansiva de las explosiones parciales de uno de ellos culminaron con la explosión definitiva y unísona del paroxismo final de la sinfonía.

Exhaustos, murieron al día que ya no era el que habían empezado. Fundidos de modo que para el aire circundante eran un solo ente, durmieron sin sueños hasta un mediodía navideño que no era suyo.

Una sensación de irrealidad quedó a quien quedó.

El timbal de la sinfonía seguía sonando días después con ese golpe profundo y grave que quien recordaba no sabía si era fruto de una veisalgia galopante y perdurable del cuerpo, por el porcentaje etílico de la sangre, o era una resaca del alma doblegada por las respuestas a las preguntas de las arias interpretadas. ¿Serían fruto de la obnubilación aquellas respuestas afirmativas sobre posibles interpretaciones de la sinfonía con intérpretes añadidos a la orquesta de dos? ¿O serían reales y convencidas aseveraciones?

Pasaron fríos intermedios que helaron el metal y la cuerda. La percusión hizo del medio un uno aún más grave. Y pasado el frío, no fueron ya suficientes instrumentos nuevos, obra artesanal de sinfonías que tal vez ya no eran plenas interpretaciones. Porque recién incorporados a la orquesta, uno de los directores – compositores – tañedores prefirió nuevas partituras; partituras que revelaban que aquellas respuestas de las arias de una Nochebuena tal vez no eran SÍ a integrar en la orquesta a nadie sino a excluir al inicial a cambio de nuevos intérpretes.

___ … ___

Ardientes fuegos de la tierra;
de sus profundos surcos penetrantes,
templaron las dagas estridentes
que rajaron la conciencia
… de parte a parte.

Los negros sosegados y danzantes
plegaron en kilómetros la ciencia,
construyeron en plásticos silvantes
melodías sesgadas por las fieras
de estómagos y fauces anhelantes.

No hubo más que espejismos en la arena
de divinos carros errantes,
de montañas de estructuradas piedras,
de voces infantiles susurrantes.

El tiempo, siempre pliegue de la pena
fue otra vez certero caminante
de lágrimas de hiel y de lucerna
de hirvientes aceites goteante.