DESDE LA VENTANA

Cerrar la puerta no era suficiente.

Huir no es posible del todo si sigues oyendo.

Abrí la ventana y me dejé envolver por el ruido de la calle, por el frío del aire y los pequeños alfileretazos de las gotas de lluvia que habían adornado casi sin pausa la jornada.

Allá a lo lejos, tras el velo interpuesto por la lluvia y entre los empapados edificios, distinguía el horizonte: lejana referencia de espacios abiertos y límites imprecisos.

Abajo, el suelo calado, los charcos, el repiqueteo sordo de las gotas de lluvia y las ondas fugaces en su superficie.

Sinfonía de lluvia en la ciudad. Motores, limpiaparabrisas bamboleantes, caucho sobre el agua en la calzada.

Por un instante sentí como si mi cuerpo se animara a dejarse envolver del todo por el paréntesis de aire y agua; como si quisiera desprenderse de sus coberturas de tela y, desnudo, lanzarse por encima del alféizar con el afán de eternizar el trayecto de quince metros hasta el techo del plateado vehículo aparcado. E incluso imaginé la sensación del aire rozando mis poros en la caída y la sensación de las gotas de lluvia cayendo sobre todo mi cuerpo ya descansado del viaje.

Tuve que deshacer la inclinación del tronco que me permitía ver la calle para contrarrestar el impulso. Al hacerlo, miré hacia el frente. Persianas bajadas, cortinas, reflejos de nada. Por un momento me pareció que me había quedado solo en el mundo: ni un pequeño indicio en ninguno de los cuadrados acristalados, potenciales muestrarios de pedazos de vidas; pero de pronto, mis ojos se toparon con su mirada.

Allí, enfrente, su rostro asomaba entre las cortinas mirándome. Mi primera intención fue ocultarme. Pero una eternidad de diez segundos mantuvo nuestros ojos enlazados a veinte metros de distancia. La cortina, liberada de la sujeción de una mano que no veía, cubrió de pronto su rostro.

Volví a mirar hacia abajo. Resolví que en realidad lo que me apetecía no era tirarme. Me apetecía más caminar por algún paisaje empapando mi piel con la lluvia… pero, de momento, tenía más sueño que ganas de buscar el horizonte. Cerré la ventana y sumergí mi cuerpo entre las sábanas. En el ensueño previo al sueño, soñé que aquellos ojos de la ventana de enfrente pertenecían a alguien cuya intención de lanzar su cuerpo a la calle había sido impedida por mi mirada.

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