MILES LEGIONIS. RELATO DE UN SOLDADO

I

Ha estado lloviendo durante los tres últimos días.

Este cochino suelo de este cochino país forma un barro pringoso que se pega a las caligae y hace que desde que te levantas estés dándole uso al gladium para despegártelo. El frío de la mañana se te mete en los huesos y no te deja en todo el día porque el pálido Sol, que lucha por enseñorearse del cielo con unas pertinaces nubes a las que les gusta besar con insistencia la tierra, rara vez refulge con la intensidad necesaria y las plegarias a Febo parecen no llegarle desde este apartado rincón del mundo.

Nadie informa de nada. El optio parece no saber de qué va esto y el centurión hace tiempo que no se pasa por nuestras tiendas; se le ve a veces junto a la tienda del prefecto, bien enfundado en su pelliza de oso, charlando con los otros centuriones mientras esperan unas instrucciones de combate que parecen no llegar nunca. Lo que sí llegan son las listas de los turnos de guardia y de patrulla de reconocimiento. Las primeras te anuncian que el frío y la humedad tendrán una propina nocturna y que unirás al desasosiego del cuerpo la tensión para no dejarte vencer por el sueño y plantarte como búho a escudriñar la negrura de los bosques que circundan el campamento. Las segundas te atenazan el estómago; en principio porque suponen un poco de acción y la posibilidad de algún encuentro con la chusma que habita esta mierda de país, cualquier cosa que te haga entrar en calor asestando algún mandoble; aunque también te asalta la duda de si no volverás arrastrado en parihuelas, sin algún miembro, sin algún ojo o sin la vida misma; porque esta gente que no se doblega a la autoridad de Roma son auténticas fieras salvajes y como los linces ante los conejos se agazapan donde menos te lo esperas y te saltan al cuello.

Lo que ha tenido de bueno la lluvia ha sido que no hubo más remedio que interrumpir los extenuantes trabajos de construcción del puente sobre el ancho y caudaloso río al que no sé cómo llaman y  que por el momento se vadea con un pontón de barcas. Aunque, pensándolo bien, resulta más entretenido estar ocupado en las obras y, además, el frío se enmascara con el sudor.

La verdad es que estas situaciones minan la moral de los compañeros y no sólo la mía. Cuando miras los emblemas de la legión, de las cohortes y las centurias, clavadas en el suelo, esperando encabezar las formaciones de combate, se te eriza el vello y se te desata la vena de ardor pro Roma victrix, piensas en que estás cumpliendo una misión casi metafísica para extender todo lo que Roma significa de orden y civilización y te sientes poco menos que un héroe homérico; pero miras al suelo y vuelves a ver la cruda realidad del barro pegado a tus caligae, piensas en el escaso botín que espera más allá de la empalizada y te preguntas si vale la pena poner en juego tu vida por tan excelsos ideales… claro, que estas reflexiones no puedes ponerlas en común con nadie, porque alguno se podría ir de la lengua y es mejor tragar saliva a una patada en el culo y que el legado te licencie con deshonor…


II

Nada, el día acabó. El Sol dejó de dar luz detrás de las nubes y se fue a su morada nocturna… y no ha habido novedad. La oscuridad se rompe con los temblorosos resplandores de las hogueras. Ya estoy cansado de jugar a las tabas, de hablar de las artes de las nuevas prostitutas de la caterba y de oír jurar a Léntulo enseñándonos con cada grito ese orfanato que tiene por boca: maloliente y con cuatro críos. Me voy al catre. A ver si el sueño me trae alguna historia más divertida y a ver si el nuevo día trae algún cambio.

III

Han pasado cuatro días desde que una de las patrullas de la segunda cohorte volviera apresurada y diezmada. Ese mismo día hubo un frenético movimiento de heraldos, una reunión de oficiales en la tienda del legado y el horno empezó a calentarse. Han sido cuatro jornadas de continuos e intensos preparativos. Abandonamos el campamento dos días después con la impedimenta de combate y el corazón a punto de salir por la boca… ¡acción, al fin!. Después de caminar todo un día, llegamos a esta enorme llanura pelada en la que han asentado las armas pesadas y donde hemos pasado la noche al raso. Dormir, lo que se dice dormir, no he dormido. Estas situaciones previas al combate siempre me han provocado la misma sensación de desasosiego, de impaciencia, y así es difícil conciliar el sueño. Además, el raso no es buen abrigo por más que los compañeros, pegados como estamos, den calor… calor y murga: Léntulo sigue con sus juramentos, adornados con eructos; los pedos parecen el ensayo de los timbales que nos marcarán los tiempos del combate, con la diferencia de que aportan un aroma que a ráfagas difumina la mezcla de olores a sudor, orines y semen resecos en las bracae, dientes podridos y mierdas de diversas fragancias, algunas de las cuales proceden de los vientres de los imberbes recién llegados que sólo de pensar en su primer encuentro con el enemigo se cagan por la pata abajo.

Durante toda la noche se ha oído un lejano murmullo más allá del horizonte, donde el resplandor pulsante informaba de que allí estaba esa horda de bárbaros con los que habremos de medir nuestras fuerzas. Ese resplandor ha sido relevado por el del Sol que ahora está rasgando con sus centelleantes flechas el negro de la noche que agoniza… Veo en un pequeño otero a nuestras espaldas las águilas de las insignias que acompañan al legado; aún son sombras, pero distingo a los augures y arúspices dispuestos a escudriñar los signos que los dioses nos envíen al despuntar el alba. Pronto recibiremos la arenga final del centurión y comenzará el avance hacia la segura victoria.


IV

Todo me sabe a sangre. Intento respirar, pero con cada bocanada siento un dolor extremo y parece que el aire no llega a alimentarme, es como si se escapara de mi pecho. No puedo moverme. Yago sobre mi espalda, creo que la protección trasera de mi galea ha debido de quedar clavada en el barro porque no puedo girar la cabeza.

Huele a muerte.

Recuerdo que con el alba el centurión nos dirigió la consabida arenga, recordándonos lo que Roma significa:  orden y civilización; llamando al memento de los compatriotas masacrados en Teotoburgo y al espíritu de Iulius Caesar Germanicus.

La buccina de la centuria señaló la formación que había que adoptar y los hombros de Acer y Lupercus se pegaron a los míos avanzando en formación cerrada con los pila en ristre y el scutum al frente. Fortuna me envió el primer mensaje de que el día no iba a ser el de mi gloria: la focale, desgastada después de tres campañas, y que no tuve la precaución de revisar, se rasgó definitivamente y el borde de la lorica comenzó a rozarme el cuello. Llegados a un punto, la buccina marcó la formación de la testudo. Curtidos en tantos ensayos y puestas en práctica, no tardamos en completarla, con tiempo suficiente para poder oír el jadeo casi unísono provocado a partes iguales por el esfuerzo y la tensión antes de que empezara la lluvia de dardos y piedras que lanzaban las fuerzas enemigas. Desde mi posición, en la tercera fila, sólo podía ver loricae, piernas y caligae. En medio de la atronadora lluvia sólida el bueno de Léntulo seguía regalándonos sus chascarrillos y juramentos.

Cuando escampó, volvimos a marchar, primero manteniendo la testudo y después, cuando hubo que aligerar el paso, en línea. Entonces pude ver delante de nosotros, a unos quinientos pasos, cómo nuestra caballería había empezado a diezmar los flancos enemigos, que avanzaban en tropel hacia nosotros.

Cuando quedaban unos cincuenta pasos para el choque, paramos y, siguiendo las voces del optio, lanzamos el primer pilum y seguimos avanzando. No hubo tiempo para un segundo lanzamiento, los bárbaros chocaron con la línea. En ese momento, las primeras gotas de sangre me salpicaron la cara: era la sangre escupida por uno de esos barbudos mugrientos cuando Portius, el primipilus, le ensartó por la mitad del pecho. Mi pilum quedó clavado entre las costillas de uno de esos cerdos, después de haberse dado el festín de varias tripas y un ojo. Me costó sacarlo del cráneo del infeliz, que chillaba como un marrano; pero por suerte, lo conseguí justo en el momento en el que un hacha se dirigía, en manos de uno de esos monstruos, hacia mi cabeza, suficiente para girarme, aguantar con el scutum el mandoble y clavarle el pilum justo encima de la parte de su anatomía que certificaba su condición de varón; mientras berreaba, saqué el pilum y se lo clavé en el pecho, con tan mala fortuna que se quedó enganchado entre sus costillas… tuve que echar mano al gladium y seguir con la fiesta, ya en medio de un fragor estruendoso de gritos; de gritos de furia, de rabia, de pánico, de dolor y de muerte. Sonaban los choques entre armas, los de éstas con escudos, carne  y huesos… matar para no morir.

No sé en qué momento recibí la primera herida. Sé que el roce de la lorica en el cuello no era suficiente para justificar el hilo de sangre que sentía discurrir desde mi cuello y que caía por mi brazo izquierdo; pero no sentía dolor alguno y sí la creciente rabia, el arrebato que encendía mi fortaleza para seguir luchando. Y, sí, recuerdo el momento en el que uno de estos malditos me llegó por detrás y cómo el frío metal de su arma penetró por mi espalda, entrando entre dos de las láminas de mi lorica. Después, mi vista empezó a nublarse y envuelto en un dolor insoportable, me sentí caer hacia atrás…

Y aquí estoy. No tengo fuerzas para mover ningún músculo… la verdad es que no sé si estoy entero o estos bestias se han llevado alguno de mis miembros por delante. El dolor es tan fuerte que casi no lo siento.

De reojo puedo ver cuerpos exánimes; miembros cercenados huérfanos del cuerpo con el que nacieron; armas rotas y abandonadas por dueños ausentes; y sangre, mucha sangre, sangre coagulada en los miembros cortados, sangre salpicada sobre cuerpos sin sangre, sangre regando el barro y formando charcos…

Oigo lamentos sordos, cercanos y alejados; gritos de dolor, de petición de auxilio; jadeos y respiraciones entrecortadas de agonizantes… y oigo mis latidos, lentos, sin fuerza.

El cielo está cubierto de unas oscuras nubes que parecen de plomo. Hace frío, mucho frío.

Y está empezando a llover sobre mi rostro…


V


D(iis) M(anibus) S(acrum)
L(ucius) Vitellius
Tancinus Solum
Domo Hispano
Miles Legionis
vixit annis
XXXVIII
H(ic) S(epultus) E(st)
Tu qui legis valeas

 

Baxuanball Ahjeoqoj

ANTEDIEM DVODECIMVM KALENDAS FEBRVARIAS ANNVS MMDCCLXIIII AB VRBE CONDITA

27 1i 45i

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