REQUIESCAT IN SPATIO

 Sé que la muerte era el fin inexorable y que en esta profesión cabían más posibilidades que en otras de alcanzar la meta antes de tiempo; pero no puedo evitar sentir un vértigo especial por la inmediata perspectiva.

Hace sólo 30 horas mantenía una agradable videoconferencia con algunas de las personas que más presentes han estado en mi vida en los últimos años. Con la mayoría, en cualquier caso, mantenía desde hace… ¡demasiado tiempo!, una relación esencialmente virtual. La tridimensionalidad de las actuales videoconferencias hace que a veces pierdas la conciencia de que hablas con alguien que está en realidad a cientos de miles de kilómetros, por más que el retardo de uno o dos segundos en el intercambio mantenga la evidencia de no estar en el mismo sitio. Fueron cinco minutos en los que ninguno de los cibernéticamente concurrentes expuso argumento alguno que hiciera pararse a meditar sobre las posibilidades negativas… y el que menos yo mismo, que daba por sentado que los sistemas funcionarían perfectamente y la siguiente videoconferencia  me tendría a mí sobre la superficie. Unos minutos después iniciamos la rutina prevista con el control de misión y el repaso de los parámetros de todos los sistemas resultó un rosario de verdes y ni un solo naranja que alertara sobre el más mínimo malfuncionamiento. No en vano el procedimiento era ya casi una rutina después de tantos años repitiendo  el proceso de transferencia.

Mi confianza era absoluta. Ni siquiera sentí un pequeño estremecimiento cuando oí aquel apagado chasquido en el exterior de la cabina justo cuando se desacoplaba del módulo orbital; pensé que alguna pequeña pieza había golpeado el fuselaje y no le di la más mínima importancia. No sé cuál ha sido la causa; tal vez algo saltó al dispararse los sistemas de desensamblaje y accidentalmente topó con algún elemento estructural; tal vez una pequeña partícula en órbita, atravesó algún sistema vital… lo cierto es que cuando empezaba a atravesar las capas superiores de la atmósfera, la cápsula empezó a agitarse, los sistemas se fueron apagando y los circuitos alternativos dejaron de funcionar. Nada podía hacer.

Unos minutos después estaba claro para mí que la trayectoria no era la adecuada. La cápsula de transferencia había dejado de cabecear; pero la visión a través de la escotilla no era la deseable: no eran necesarios instrumentos para comprobar que me alejaba del planeta… la atmósfera me había escupido. Dediqué los siguientes minutos, con una calma que no se correspondía para nada con la dramática realidad que iba confirmando, a comprobar los sistemas: nada funciona.

La comunicación es imposible en la práctica, porque aunque pudiera desviar la mínima energía disponible al sistema de orientación de antenas, no podría localizar ninguno de los satélites por la pérdida de los sistemas de posicionamiento y de detección. El sistema de soporte vital está concebido para la eventualidad de una transferencia diferida de modo controlado, con lo cual hay aire para unas 72 horas; al menos en teoría,  porque no tengo medio de comprobar el nivel.

Así es que sólo queda decidir cómo morir. Puedo dejar que la muerte llegue por su paso:  puedo alimentar mi traje espacial directamente con el aire, manteniendo así un aislamiento ambiental que preserve mi temperatura y dejar que la concentración de dióxido de carbono me suma en la inconsciencia antes de la asfixia. O puedo provocarla: hacer saltar la escotilla y que la súbita despresurización haga reventar todo; cortarme las venas y disfrutar del espectáculo de mi sangre en forma de bermejas esferas orbitando a mi alrededor; o servirme del recurso químico del que no se han hurtado como última opción todos mis predecesores, aunque ninguno hasta la fecha lo haya empleado.

No ser, o no ser, y cómo no ser…

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